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Trilogía de los Bajos Fondos
(2004)
Prólogo
por Guillermo Piro
¿Qué
es un libro? ¿Qué es un texto, un autor? Empecemos por
el último. Sirve para garantizar, a veces ciegamente,
con esa ceguera que no transige jamás con la mirada,
la calidad de un texto. También sirve para dar nombre
a las calles, trabajo a profesores, diagramadores, imprentas,
editoriales, agencias de prensa y literarias, libreros,
bibliotecarios. La historia serena y calladamente se
nutre de hombres y mujeres que se han casado y han engendrado
prole después de haberse conocido en un congreso dedicado
a un autor. Otros, en cambio, simple y rápidamente han
fornicado. Algunos has cometido homicidio y muchos,
muchos, han encontrado la muerte prematura. Otros fueron
robados, asesinados, raptados, torturados, aplaudidos,
deplorados. Todo eso prueba con seguridad que el autor
existe. A diferencia de lo que ocurre a menudo en las
novelas policiales, la abundancia de pruebas no es sospechosa.
Es increíble la cantidad de cosa que ha sabido hacer
gente que nunca existió: Adán y Eva comieron una manzana,
Rómulo fundó Roma, Noé construyó un Arca invencible,
Niels Klim conoció el centro de la Tierra, Robinson
sobrevivió veinte años en una isla desierta, con el
agregado de seguir moviéndose todavía entre las páginas
y las palabras de un libro, dos tomos en la traducción
de Cortázar.
Hay quien piensa que la existencia del autor es una hipótesis
innecesaria, lo cual, desde cierto punto de vista, es
cierto. Pero el tema que tratamos acá si algo viene
a demostrar es que el autor es un indicio tan poderoso
y patente como una mancha de sangre, un documento de
identidad hallado en el escenario de un crimen, una
cajita de fósforos con el número telefónico del occiso,
un grito en la noche que nadie ha oído, salvo un anciano
que halló oportuno no darle mayor importancia al haberlo
confundido con la sirena de un barco.
Los autores no son seres anónimos, como Dios. ¿Páginas? ¿Libros?
Son necesarios. ¿Autores? También, y hasta hay algunos
que es menester sacralizarlos, del mismo modo que sacralizamos
libros. Libros prohibidos, autores prohibidos; libros
condenados, autores condenados. Se condenan y se sacralizan
series de palabras, está bien, pero también la mente
que las ha engendrado, “que las ha hecho vivir”, como
suele decirse. ¿Pero cómo es posible eso si al mismo
tiempo admitimos que el sentido de las palabras están
en cualquier lado menos en “esa” palabra? Son cosas
complicadas. El autor existe, el sentido de las palabras
no: en eso se basa su coexistencia, su amistad inconmovible.
Un autor no es aquel que simplemente enlaza series de
palabras, caza como mariposas en torno de sí las palabras
que satelizan a su alrededor y acompañan su andar por
las sendas boscosas que conducen a la gran catedral
llamada obra. Autor es aquel que no duda en admitir
que es hijo de las palabras. ¿Entonces es el texto,
las series de palabras, las que crean al autor? No siempre.
Hay autores que consiguen dominar la situación, moverse
con aceitada agilidad entre los tantos y múltiples sentidos.
Hay otros, en cambio, que prefieren vaciar a las palabras
de sentido, conseguir que al oído tengan la misma densidad
que una palabra incomprensible en la boca de transmisor
dialectal, pongamos de un habitante de la taiga, que
sólo sabe de líquenes y musgo, y utiliza una variada
artillería para diferenciarlos. Son autores que prefieren
darle de baja al sentido, invitándolos a que lo dejen
en el guardarropa, junto con el abrigo y el sombrero,
si es que llevan uno. Se trata de una actitud intolerablemente
humanitaria que consiste en acompañar al sentido a la
puerta, como se hace amigablemente con un borracho o
con un cliente insolvente: fuera. ¡Qué pretensión, que
las palabras tengan un sentido! ¡Qué comodidad, qué
lujo! No debe existir insensatez más insensata. Los
libros quedan, dicen; los autores pasan, pero lo cierto
es que las palabras de las que los libros están nutridos
llevan en sí una impronta indeleble, su marca en el
orillo: la de quien las ha engendrado. Engendrado, no
copiado. Los que vivimos nuestra vida creemos que aquel
que pretende darle un sentido a las palabras lo que
consigue, siempre, es que dicha palabra tenga todos
los sentidos, menos el que se le ha intentado dar.
A este punto lo que queda claro es que si bien la existencia del
autor es indudable no lo es tanto la del sentido de
las palabras, esos corderos bien alimentados, macizos
y sabrosos (bien adobados) que el autor que no nos interesa
arrea de aquí para allá, donde los pastos son mejores,
para que le permitan a buen término ocupar el sitial
de los que han sabido hilvanar series de palabras, espolvorear
el orégano en la pizza. Eso no sólo es dañino, sino
anacrónico. Es simple residuo ptolemaico. Las palabras
no son antropocéntricas, nadie es capaz de darles sentido,
nadie las “escribe”, no quieren decir nada, no tienen
nada que decir. Son inútiles, como el inmenso universo.
Si escribir sirviera para algo, si las palabras, satélites
dóciles y sin misterio, “vinieran” de fábrica cargadas
de sentido, somos muchos los que consideraríamos superflua
la existencia del autor.
Con Luisa Valenzuela uno no siente que está lidiando con esa especie
de autor ptolemaico, que en su mesa de trabajo elige,
un tanto al azar, un tanto por conveniencia, las palabras
que giran en torno de su cabeza, a las que atrae con
su fuerza de gravedad insuperable para estamparlas sobre
el papel en blanco. No tiene esa aura de filigrana que
la separa del resto de los que viven su vida, ni virginal,
ni santa: Valenzuela es copernicana. Y tal como se habla
de amor loco, de sus libros podríamos decir que se trata
de “literatura loca”. Son libros que hablan de locos,
escritos por una loca, y son, entonces, libros de una
belleza loca. Como ocurre con los pulpos o las estrellas
de mar sus libros consiguen mostrar y esconder a la
vez el secreto del cual son únicos depositarios y fascinantes
reflejos. La verdad es su verdad. Esto no quiere decir
que la autora aspire a encontrarla. Ni siquiera se propone
la pesquisa (ella no habita esos tugurios). La condición
de su invito es esta: bucear sumergidos en ellos como si estuviéramos trepando
una montaña embarrada. A pesar de eso, o precisamente
por eso, las hojas que leemos se desgarran para desgarrarnos.
Tienen como propósito la única función admisible del
arte: amenazar nuestro equilibrio. Es sabido que los
que traicionan esa función, aun en nombre del credo
más humanitario, lo que hacen es traicionar el arte;
y que el arte traicionado enseguida se venga, convirtiéndose
muy pronto en algo tan muerto como la carne fría.
Hay autores que tienen un estilo y otros que lo buscan. Hay un
estilo Rimbaud, no hay un estilo Mallarmé, ni bien ni
mal armado: no hay. Casi siempre se confunde la creación
de un estilo con la fabricación de un lenguaje. Ahora
bien: no existe un estilo Valenzuela. Podríamos discutir
eternamente este problema porque es un problema de nuestra
época, el problema del “estilo hablado”. La novela francesa
del siglo pasado se orientó notablemente hacia la búsqueda
de un estilo hablado con escritores como Giono, Aragón
y Céline. Lo mismo se dio en Estados Unidos, donde escritores
como Faulkner y Wolfe (Thomas, no Tom) libraron un intento
paralelo, aunque en Faulkner podríamos decir que se
trata más de un estilo pensado que hablado. La “misión”
de Valenzuela se encuentra, a nuestro parecer, en esa
dirección. A muchos nos ha ocurrido: tenemos ante nosotros
un camino que a la distancia aparenta ser llano, pero
que en cuanto nos internamos en él demuestra ser lo
que es, una extensión “algo” llana, llena de imperfecciones,
peligros y venenos. Engañada, estafada, nuestra autora
transita las distancias sin una queja, pero jurando
vengarse. De eso se trata.
Un breve relato que viene a cuento, un breve arrebato vengativo
que parece ser el motor de ese sistema verbo-estelar
que llamamos "obra" protagonizado por una
autora de esa estirpe, a la que Luisa Valenzuela y nosotros
rendimos pleitesía: Clarise Lispector. Clarice camina
por una calle, sin pensar en nada. Siente algo raro:
es libre. "Por pura ternura, me sentí la madre
de Dios, que era la tierra, el mundo." Ese sentimiento
es nuevo para ella. Y entonces Clarice pisa una rata
muerta. Un instante después está sumida en el terror.
"Me sorprendía que una rata hubiera sido mi contrapunto".
Ella iba por el mundo "sin necesitar nada, amando
con puro amor inocente", y Dios le había puesto
una rata en el camino. "La grosería de Dios me
hería y me insultaba. Dios era bruto". Clarice
enuncia entonces su venganza: "No guardaré el secreto",
dice, "voy a contarlo". Desde entonces escribió
para acabar de una vez por todas con la reputación de
Dios. (En esa biografía de Luisa Valenzuela todavía
no escrita, de la que aventuramos un título posible,
El éxtasis material, se leerá una historia
que guarda mucha similitud con lo anteriormente narrado:
la rata muerta puesta en el lugar y el momento equivocado,
en el ápice de la felicidad, de la comunión con el mundo.)
Luisa Valenzuela no escribe para acabar de una vez con la reputación
de Dios sino de la expresión como manifestación fiel
de un sentimiento. De lo que se trata es de expresarse
como si todo estuviera por hacerse, como si nada hubiese
sido escrito. Es por eso que resulta tan difícil intentar
establecer las influencias (¿qué ha leído Luisa Valenzuela?).
Cuando el mundo fue creado, fue necesario crear un hombre
especialmente para ese mundo, adaptado a su rigor y
a sus deleites. Todos estamos deformados por la adaptación
a la libertad de Dios. Luisa Valenzuela parece haber
sido creada antes que la literatura. Por eso sus libros
están deformados, adaptados a su propia libertad. Su
libertad es lo que más llama la atención al lector desprevenido:
se descontrola, continuamente. Y nunca es mejor que
cuando se descontrola. Luisa Valenzuela escribe como
quien pinta. Los escritores suelen “dramatizar” los
hechos: ella “desdramatiza”, esto es, lo importante
no es “contar una historia” sino elaborar un universo
vivo, un mundo en torno y “con” determinados personajes.
El nombre genérico de este volumen responde otra vez a un hábito
que se remonta a los primeros barrocos, una certidumbre
que hace ver en el número tres la conformación final,
el resultado, la totalidad. “Bueno, amable y elegante”:
allí surge algo. “Cansino, tenebroso y apacible”. El
tres es el número del todo y la disidencia, de la democracia
y el derecho. El número de la verdad. Y he aquí que
esa verdad a la que la autora le rehuye como a una enfermedad
parece asomar en estas tres novelas reunidas bajo el
título “Trilogía de los bajos fondos”.
La sola mención del “fondo bajo” remite a ciertos artífices de
la literatura noir
a la que nuestra autora ha querido sumarse. Dashiell
Hammett confesó una vez uno de sus secretos: cuando
no sabía cómo seguir hacía que un personaje sacara un
revólver. La fuerza de esa presencia es tan poderosa
que por lo general el sólo hecho de desenfundarlo permite
al portador obtener lo que uno quiere. Se trata más
que de un mero recurso: a esta altura es un momento
de confrontación y reflexión literaria. A tantos revólveres
se ha echado mano en la novela negra que ese mínimo
gesto requiere a esta altura —y cada vez más— que el
autor eche mano a su vez a recursos nuevos, si lo que
quiere es que ese gesto mínimo sea diferente y brille
con luz propia en medio de ese gran arsenal que ha hecho
desenfundar tanta y tanta literatura. Ahora léase esto:
Todavía
estaba vestido cuando sucedió aquello. Totalmente vestido.
Sólo se había quitado el impermeable, que atinó a manotear
a la salida. Ya había llegado eso sí al dormitorio,
cuando sucedió aquello, y él estaba a punto de sacarse
el saco pero en cambio metió la mano en el bolsillo
derecho, encontró el revólver que tenía olvidado, lo
empuñó y entonces. Todo lo anterior con Edwina había
sido un dulce ir reconociéndose, primero con la voz
y después con las manos, y largos silencios frente a
la chimenea y esa maravillosa percepción en la yema
de los dedos, y de golpe ella sin decir palabra se había
puesto de pie y se había encaminado al dormitorio. Él
se puso también de pie y la siguió, lamentando fugazmente
tener que dejar su lugar calentito y plácido.
Fue más
que nada la abierta sonrisa de ella al darse vuelta
en medio del dormitorio que lo invitó a Agustín a acercarse,
muy cerca. Y cuando ya estaba a punto de tomarla entre
sus brazos metió la mano en el bolsillo e hizo lo que
hizo sin siquiera poder imaginarlo, quedándose después
clavado en el asombro de un estampido sordo y de una
acción que parecía pertenecerle a otro.
“¿Cómo escapar entonces a la trampa identificatoria?” Eso se pregunta
Ava Taurel en Novela
negra con argentinos (1991), a la que pertenece
la cita de poco más arriba. (Ava Taurel, la valkiria
dominadora, volverá a aparecer en otra novela, La travesía, casi diez años después, igualmente
entregada a su profesionalismo, a su “servicio social
positivo”.) En esta novela Luisa Valenzuela hace pasar
el género noir por el tamiz de su estilo. ¿Pero no habíamos dicho que no existía
un estilo Valenzuela? Sí, lo habíamos dicho, pero lo
cierto es que sí existe y (en parte, sólo en parte)
se basa en el ataque simultáneo no desde distintos puntos
de vista (en el sentido del encuadre: no la escena narrada
desde distintos ángulos: eso decimos), sino desde varios
ángulos del pensamiento. Es decir, la acción es una,
quién lo duda, pero a la acción parece sobreponerse
la exigencia de dudar de ella y su impresión acabada,
su indudable presencia, su dictadura. Los personajes
de Valenzuela (pensamos en el Agustín Palant de Novela
negra con argentinos) no dejan pregunta librada
al azar. Sus respuestas pueden ser erróneas (una novela
avanza en base a esos errores; sin ellos sería una consecución
de certezas inasibles, insoportables, un manual de buenas
acciones, un tao te king increíble, ingenuamente imposible
de aceptar como tal, sospechoso), pero el hecho es que
nosotros (los que vivimos nuestra vida), al leer, encontramos
que todas, todas nuestras preguntas (entrecortadas, apenas esbozadas, inconclusas)
obtienen su respuesta (errónea o no: no importa). Son
cosas interesantes, que van desde ese doble papel que
asume nuestro autor, el de “gestor” de determinado evento
y de observador del mismo. Al mismo tiempo que lo gesta
lo observa con ojos insólitamente tristes (incluso, insólitamente también, humorísticos),
preguntándose acerca de la veracidad de la reacción
de ese soporte de sentimientos que es el personaje.
Y al mismo tiempo que engendra las acciones, que hace
que su personaje vaya y venga, sacar un revólver del
bolsillo y caminar, aproximarse y alejarse, como se
dice habitualmente “se pone en su lugar”. Y como un
escribiente, en el sentido más burocrático del término
—piénsese en alguien que se limita a “dar cuenta de”,
a tomar nota, desapegado, lejos, desapegado— toma nota,
vierte en el papel las respuestas sugeridas por las
preguntas de ese observador que es otro, pero que es
él mismo. ¿Quién fue el que dijo que la novela es
la digresión? No lo recordamos. Probablemente no lo
haya dicho nadie, pero en cualquier caso es una certeza
demasiado fulminante como para poder adjudicárnosla
a nosotros, pobres lectores con el lápiz en la mano.
Cuando Agustín Palant (desde ahora “nuestro héroe”)
se descubre a sí mismo aullando suavemente, “un llanto
de entrañas más aterrador que el mismo miedo porque
fácilmente podía convertirse en grito” (es decir en
delación), lo que corroboramos es que el miedo y la
culpa se manifiestan así, así, indefectiblemente así,
así. Hay que leer para creer. Duro de aceptar: hay que
leer para creer.
Pero hay algo más cuya presencia suele confundirse con lo que
se llama estilo, que no es estilo, sino voz. Convengamos
que lo del estilo tiene mucho de metalúrgico, sugiere
enseguida una labor asalariada, sin compromiso, automática,
alienada. Pareciera que quien se vanagloria de haber
hallado finalmente un estilo en realidad se vanagloria
de haber hallado algo cuya sola visión debería avergonzarlo:
el molde, la pieza hueca preparada de tal modo que de
forma a la materia que se introduce en él. La voz, en
cambio, es la materia. En ausencia de un molde
(de un estilo) es ella entonces la que permanece inalterable,
la que será moldeada, tergiversada, trabajada. Es sorprendente,
pero quienes conocen y han oído hablar a Luisa Valenzuela
no pueden desde entonces “despegar” su modo de expresarse
oralmente de su modo de hacerlo empuñando la pluma.
Esto no quiere decir que su voz literaria sea una trascripción
de la expresión oral, sino que la voz literaria goza
del privilegio de la naturalidad, empleada en el mismo
sentido que cuando hablamos de una traducción que suena
“natural”. Hay giros, juegos de palabras, homófonos
en sus libros que no son propiedad exclusiva de su lengua
escrita: ella habla así. Su jugueteo recuerda un poco
al de Guillermo Cabrera Infante, pero el de ella crece
y se alimenta bajo el estricto control de una conciencia
de clase: si alguna vez a Valenzuela se le hubiera ocurrido
el juego de “América Letrina” lo habría descartado desde
el vamos por improcedente e incorrecto. Una ocurrencia
del estilo “castroenteritis” podría divertirla y hacerla
sonreír, pero es probable que jamás llegaría al punto
de estamparla en el papel.
Un diálogo inefable que tuvo lugar hace mucho tiempo, por el impulso
benéfico del editor de la revista Ça
cinéma y el propio Jean-Luc Godard, ese santo sufí
del siglo XX. Un buen día, lejos ya el furor de la nouvelle
vague, Godard descubrió cuál había sido la razón
de la fuerza de ese movimiento: todos hablaban entre
ellos. Todos se contaban sus proyectos, confrontaban
sus ideas. Pero ahora nadie quería hablar con Godard.
En cambio sí querían hablar con los periodistas, los
entrevistadores. (Dice Robert Musil que la tarea del
entrevistador es el oficio capitalista por excelencia:
alguien, que no hace nada, salvo preguntas, cobra dinero
por ello; el otro, el que trabaja, el que piensa y responde,
no recibe un centavo.) Él sentía necesidad de conversar
con otros directores de cine, pero estos directores
lo evitaban. ¿La solución?: entrevistarlos. ¿El resultado?:
un número de revista dedicado enteramente a entrevistas
a directores de cine francés, enfrentados (nunca calzó
mejor una palabra) al gran inquisidor. Para dar un ejemplo:
Claude Lelouch le responde a Godard, en tanto que entrevistador,
como hubiera respondido a cualquier cronista anónimo.
Godard quiere saber: “¿Por qué elegiste el cine? Respuesta:
“Yo no elegí el cine: el cine me eligió a mí”. A lo
que Godard vuelve a preguntar: “¿El cine te eligió?
¿Y cómo fue eso?”. Toda esa larga serie de entrevistas
no son más que la muestra de que las preguntas hechas
con el corazón siempre son incómodas, y que sólo respondiendo
con el corazón se puede hacerles frente. Como hizo Marguerite
Duras. La entrevistas con ella recuerda un poco a una
pareja de ancianos subiendo una escalera: ni un paso
atrás. La pregunta y la respuesta de cada uno sirve
para subir otro peldaño, que no volverá a ser hollado.
El pensamiento al desnudo. Godard dice algo y Duras
acota, entusiasmada, como si hubiera sufrido una revelación:
“¡Claro, por eso escribo, porque siento vértigo por
lo blanco!”·A lo que Godard agrega: “¡Claro, por eso
filmo, porque siento vértigo por lo negro!” Esta larga
digresión viene a cuento a raíz de otro pequeño pasaje
de Novela negra con argentinos:
—Hola,
hola. ¿Te acordás cuando me dijiste que escribías para
no morir? Yo en cambio acabo de descubrir, y es horrible,
que muero para no escribir.
—Agustín,
parala. Venite para acá si no querés que yo vaya a tu
casa. Pero venite y hablamos.
Novela
negra con argentinos es
la introspección del suburbio (del suburbio como “afuera”,
como lo que está más allá de la aglomeración urbana,
pero también del suburbio mental, del “adentro”) por
otros medios. La línea argumental, el “superobjetivo”,
entra perfectamente dentro del molde del romain
noir, pero no hay una sola concesión al género madre,
al metro patrón (al molde, justamente): todo se desenvuelve
por caminos raros, avanza por rutas intransitadas, explora
selvas vírgenes. Como en esas películas donde la sincronía
entre la voz y el movimiento de los labios está desfasada,
aquí la trama avanza por el camino conocido, sólo que
haciendo piruetas, malabarismos de arlequín insatisfecho;
se reconoce el sustrato, el género permanece, la referencia
existe, se la ve, se la palpa, se la huele, pero todo
el tiempo la autora nos recuerda a su manera que esto
es otra cosa. (Qué pretensión adorable: querer hacer
“otra cosa”. Los escritores son en cierto modo inventores
frustrados; de hecho casi todos ellos están maravillados
por el accionar de esos autodidactas que encuentran
soluciones a problemas prácticos mínimos. Una aspiración
que en nuestro caso parecería no tener mayor sentido,
si recordamos que estamos lidiando con una de las más
frecuentes visitantes del Instituto de Altos Estudios Patafísicos de Buenos Aires, con una mujer preocupada por las soluciones inútiles.
¿No será eso la literatura, ahora que lo pensamos? ¿Una
ciencia —¡una ciencia!— que se propone entender fantasiosa
e inútilmente el comportamiento de la mente del animal
humano? Pensar en eso.) ¿Qué habrían escrito (se suele
oír por los pasillos) Julio Verne, Jonathan Swift, Casanova
y Ludwig Holberg si hubieran contado entonces con una
computadora? ¿Qué habrían escrito Raymond Chandler,
Dashiell Hammett, Spillane y Simenon si hubieran contado
con este “nudo”, el de un hombre que mata a una mujer
sin tener la menor idea de por qué?
Hay un cuento de Daniele Del Giudice (El oído absoluto, se llama)
en el que de paso por Edimburgo un narrador omnisciente
decide, porque sí, sin dar mayores explicaciones, que
le es absolutamente vital cometer un asesinato. Y lo
comete. En El
atestado de Jean-Marie Le Clézio, Adam Pollo mata
a una rata por los mismos motivos (él opina otra cosa,
le sobran motivos: se trata de una rata blanca en un
mundo en el que, por lo general, las ratas son grises).
En El extranjero de Camus la víctima no es una rata. En Venecia de Gabriela Liffschitz la víctima
es un gato. Parece que es así, que son cosas que pasan.
“Esto no es literatura —dice Agustín Palant—, esto es
la pura verdad. Yo cuando mato, mato.” Entonces aprendamos
a trepar a los hombros de los gigantes: son cosas que
pasan.
Si la Historia con mayúscula se repite (Karl Marx dixit) primero como tragedia y después
como farsa, sepamos extraer de la literatura lo que
la literatura pocas veces nos da de primera mano. Los
niños compiten con nosotros en el ejercicio de la voluntad
exacta, en la habilidad de las fuerzas rápidas. Si acentuamos
la maldad, si hacemos de la piedra un arma, si continuamos
la violencia del brazo, si damos a luz a los pensamientos
indirectos, si hacemos nacer el arte del choque, ya
sabemos lo que nos espera. Que sirva de lección a los
niños.
Todos los bajos fondos se parecen, los fondos bajos difieren poco
si se hacen ostensibles en New York, en Barcelona o
en Buenos Aires. Los escenarios del terror son similares,
conectados entre sí por hilos invisibles, como una trama
diabólica sobre la que parecen levantarse amores y ciudades,
puentes levadizos y malentendidos.
En los bajos fondos de Buenos Aires se desarrolla Hay que sonreír, la primera novela de nuestra
autora, publicada en 1966). Raro: allí ya se vislumbra
todo lo que será. Clara es una cándida prostituta con
ambiciones y proyectos. No hay en Hay que sonreír una sola página suya que
pueda “entrar” en una antología. Es un todo cuyos elementos
no se pueden disociar. Es un hecho que el lector impaciente
que emprende la lectura de Hay que sonreír debe esperar veinte, cincuenta
páginas hasta el momento en que “empieza” el relato.
Y más adelante encuentra la continuación de ese relato
interrumpida y retomada constantemente. Y las digresiones
no hacen más que aumentar la impaciencia.
George Steiner declaró una vez haber notado que una adhesión metódica,
persistente, a la vida de la palabra impresa frena la
inmediatez, el lado conflictivo de las circunstancias
reales. Respondemos con más entusiasmo a la tristeza
literaria de Clara que al infortunio del vecino. Clara
es más mi hermana que mi hermana. Steiner tiene razón.
El logro de Valenzuela acaba siendo siniestro.
Todos los atores deberían estar obligados por decreto a legar
un “Calculus”, un libro, que podría ser pequeño, cuyo
título genérico podría ser el rousseliano Cómo
escribí algunos libros míos. Un modo lateral de
obligarlos a un ejercicio introspectivo que los llevara
a detectar esas constantes, esos mínimos común denominadores
de los se nutren todas o casi todas sus obras. Luisa
Valenzuela siente cierta predilección por esos cortos
cortocircuitos que iluminan las relaciones entre los
sexos. Hay allí pequeñas descargas que no tienen por
qué deberse al aparato y al arsenal seductor de los
implicados. Se trata de otra cosa. Es como si ella concibiera
esas cortas descargas como las propiciadoras de la fuerza
motriz de la vida. No. Es como si ella concibiera esas
cortas descargas como las versiones empequeñecidas de
las otras, monumentales, que dan fuerza y poder al accionar
de todas las sociedades. No queremos decir con esto
que en sus libros se percibe a escala el fiel retrato
del mundo en que vivimos. (Arno Schmidt decía que ningún
autor debía dejar de escribir un libro que diera cuenta
de su época. Él se propuso hacerlo con El
corazón de piedra, y el anuncio de que se encontraba
en esa lid aumentó en su momento las expectativas. La
subtituló incluso Una novela del año 1954, y al leerla sus contemporáneos descubrieron
a la vez el engaño, la broma y la realización fiel de
una promesa anunciada: la novela no parece estar más
preocupada que otras del mismo autor por dar cuenta
de nada, pero está saturada de marcas de productos,
da cuenta de su época.) Luisa Valenzuela no debería
proponerse expresamente el “dar cuenta de”: Que Clara,
cuerpo y cabeza (así empezó llamándose la novela
que luego conoceríamos con el título Hay que sonreír) suceda en Buenos Aires
no la hace más ligada y más en relación estrechas con
los avatares, las disidencias, las crisis y las diversas,
variadas y siempre similares situaciones políticas por
las que ha atravesado y sigue atravesando y atravesará
la Argentina. Es un sino del que podríamos hablar largamente
refiriéndonos de un modo prolijamente cronológico a
toda su obra narrativa. Radiografía de la pampa de Ezequiel Martínez
Estrada marcó un hito en estas tierras que alcanzó el
pretendido sitial del clásico: no es necesario haberlo
leído para sentirse influenciado por él, para sentir
que su mero título porta consigo y de modo especular
un dictamen, una orden, una misión (asalariada tal vez,
pero insalubre para quien la practica y altamente benéfica
para quien la recibe): radiografiar, fotografiar la
realidad por medio de unos rayos muy parecidos a los
X, y cuyo resultado, visto a la luz, es ni más ni menos
que el mapa nacional atravesado por sus infecciones,
sus quebraduras, sus lesiones leves y graves, sus esguinces
y sus hematomas. En la aparente sordidez de la trama
de Hay que sonreír (la propia autora lo reconoce,
no es ocurrencia nuestra) asoma algo que tiene mucho
de lo arquetípico porteño, es decir algo así como la
quintaesencia del espíritu tanguero en clave de parodia
(recordemos que entontes la palabra posmodernismo no
existía, o que si existía era amamantada callada y sumisamente,
como madres devotas, sólo por Vattimo, Lyotard, Derrida
y Foucault, y ya sabemos que cuatro madres juntas, como
mucho, pueden jugar una partida de canasta, que fue
lo que en definitiva hicieron).
Para entonces tampoco se había oído hablar mucho de
la opera aperta
(Umberto
Eco jugaba un solitario con ella; el libro Obra
abierta se publicó en Italia cuatro años antes de
la publicación de Hay que sonreír, pero si consideramos que
nuestra autora lo escribió en 1960 podemos arriesgar
sin temor alguno que no lo había leído), y sin
embargo en Hay
que sonreír cada lector goza de total libertad para
sacar la conclusión que más le plazca en cuanto al destino
de Clara —la autora aún está absolutamente convencida
de que Clara no muere. Como ella misma dice: “no hay
mejor arma que el desconcierto contra quienes se creen
dueños absolutos de la verdad”.
Nota
Bene: La autora pasó su juventud cerca de Borges,
a quien quería y respetaba. Cuando apareció Hay
que sonreír alguien fue y se la contó (él no leía
esas cosas), y a partir de entonces el gran bardo comenzó
a hacer correr la voz por ahí de que se trataba de una
novela pornográfica, lo cual hirió profundamente a nuestra
autora. Como siempre, o casi siempre, Borges estaba
en lo cierto: superhombre tan adepto a los diccionarios
y las enciclopedias entendía al pornógrafo como lo que
es: “quien escribe acerca de la prostitución”.
Cuentan quienes se sumergen a grandes profundidades que llegado
a un cierto punto uno se ve poseído por una especie
de ilusión que lo lleva a creer que allá abajo es posible
la respiración por vía natural. Cuando esto ocurre el
buzo se deshace de sus tubos de oxígeno y naturalmente
se ahoga. Se embriaga de un hechizo fatal llamado “el
vértigo de las grandes profundidades”. Ahora bien: Clara
conoce bien ese vértigo. Por su parte, Valenzuela, como
toda buena lectora, sabe de los peligros que corre el
escritor de volverse siempre un poco más hipócrita,
como el cura que da misa todos los domingos y tiene
entre sus manos un montón de hostias consagradas. El
caso Clara es tan complejo que ofrece por sí solo todos
los elementos para una meditación general sobre el significado
de la literatura, de la poesía, de la lengua, del arte
mismo. Todo aquel que se le aproxima debe de inmediato
comenzar a lidiar con la explícita convicción de que
es portadora de una doble trascendencia. Por un lado
parece expresar una conciencia más o menos articulada
de la presencia o ausencia de Dios en los asuntos humanos;
a otro nivel, el puro impacto de ella en nuestras vidas
llevan directamente a la cuestión de la creación. Hay
allí cierta analogía con el nacimiento de la vida misma.
Todo aquel que escriba tiene muy serios motivos para
confrontar su propia posición con el universo de Clara:
siempre aprenderá algo.
Como en la guerra (1977)
es otra cosa. El fondo bajo es aquí Barcelona, y la
pesquisa (en el Cómo escribí algunos libros míos que alguna
vez escribirá Valenzuela la pesquisa tendrá un capítulo
aparte y muchas notas el pie que concluirán con un elegante
N. de A.)
es absurda. Un exiliado sin nombre (AZ), semiólogo,
cree reconocer en una prostituta que encuentra en la
calle a alguien que conoce y decide entender, basándose
en un examen presumiblemente psicoanalítico, qué llevó
a esa mujer a “desviar” de ese modo su conducta sexual.
Para su tarea el pretendido psico-analista se traviste
dos veces por semana, muta (operación inútil). Su pasado
(el de ella), está turbiamente “contaminado” por la
actividad guerrillera. Como no ha leído los aforismos
que Lichtenberg concibió con tanta lógica, tanta paciencia
y tan pocas palabras no sabe que los libros y las mujeres
son como espejos, y que si en ellos se mira un mono
no va a reflejarse un apóstol. La pesquisa se vuelve
sobre sí misma, se refleja, se revierte, lo atraviesa
de lado a lado. La vuelta al terruño porteño tendrá una escala en México
(una buena parte del corazón de nuestra autora sigue
allí todavía) donde emprenderá un viaje iniciático (hongos
alucinógenos mediante: alimento de los dioses) teniendo
como compañera de ruta a María Sabina, preámbulo negativo
de otro viaje, político esta vez, que emprenderá cuando
haya pisado tierra argentina.
En Escritura y Secreto
(2002) nuestra autora da cuenta de esa otra micro-novela
(mejor: novela-río) que significó la aparición en Argentina
de esa Como en la guerra. Escrita entre 1973 y 1975, entre Barcelona y Buenos
Aires, su publicación en Argentina estaba prevista para
principios de 1977, en plena dictadura militar. Ya desde
el título mismo la cosa de volvía ominosa. Editores
y autora, entonces, tomaron asiento y en vez de jugar
una (otra) partida poker se pusieron a jugar a la censura,
un juego muy en boga en aquellos años. Para dar una
visión de fondo, el background adecuado, recuérdese
que el año anterior Valenzuela había publicado un volumen
de cuentos titulado Aquí pasan cosas raras (y dale con lo ominoso),
anunciado como "el primer libro sobre los años
de López Rega y la Triple A". Varias ironías presentes
en Como en la guerra volaron entonces, entre ellas una tonta alusión
al fálico dedo de la sempiterna estatua de San Martín
emplazada en la plaza homónima. Se realizaron cambios
topográficos que no hacían a la esencia, o mejor dicho,
el desplazamiento geográfico era tan abierta y ridículamente
obvios que incluso el lector más despistado leería “Tucumán”
(una provincia cuya sola mención aún hoy connota la
guerrilla de aquellos años) donde decía “Formosa” (cuyo
sonido resulta inofensivo e impreciso: lo que Murena
llamaría el “nombre secreto” de Taiwán, situada entre
el Pacífico y el mar de la China). Los “gendarmes” pasaron
a llamarse “guardias”. Todos ellos detalles menores
pero delatores a los ojos de los censores de turno,
para quienes las palabras poseen un solo significado,
una sola acepción, y para quienes su misión consiste
en desterrarlas del lenguaje, como si cometido semejante
fuera posible. (Roland Barthes dice en la Lección
inaugural que “La lengua, como ejecución de todo
lenguaje, no es reaccionaria ni progresista, es simplemente
fascista, porque el fascismo no consiste en impedir
decir sino en obligar a decir.”. De ese modo Barthes
resume todo un mecanismo represivo en donde servilismo
y poder se confunden de manera ineluctable si llamamos
libertad no solamente a esa capacidad de sustraerse
del poder, sino también a la de no someterse a nadie.
Para Barthes no puede haber libertad como no sea fuera
del lenguaje, y sentencia: “Desgraciadamente el lenguaje
humano no tiene exterior: es un a puertas cerradas”.
Sólo resta hacer trampas con la lengua. Bien: a esa
treta, a esa astucia, a esa “esquiva y magnífica engañifa
que permite escuchar a la lengua fuera del poder, en
el esplendor de la revolución permanente del lenguaje”,
Barthes la llama literatura.) De ese modo las alusiones
a los desaparecidos y a la política argentina, caracterizada
por ser un poco más perversa que las otras, quedaban
sesgadas, abordadas con ese trazo sutil que siempre
ha escapado a los ojos de los censores.
Aún quedaban dos asuntos cruciales: el título de la novela y una
breve e inquietante introducción (en realidad un epílogo
puesto en el lugar “equivocado”): la “Página cero”.
Hay un extenso anecdotario con ciertos visos de irrealidad
y fantasía que, sin embargo, tienen fecha y hora, nombre
y apellido, número de documento y de prontuario. Ese
anecdotario gira en torno a equívocos bastante risibles
que tenían lugar en medio de situaciones bastante imprevisibles
por lo absurdas, pero por eso mismo reales. El soporte
genérico de esas anécdotas comienzan casi siempre con:
“Un hombre con abrigo y bufanda llevaba en la mano un
libro titulado…” (el género y la vestimenta varían,
naturalmente). Hay un ranking que ubica a la anécdota
que sigue entre las más citadas: el hombre en cuestión
(en realidad un muchacho), estudiante de Química, sentado
a la mesa de un bar, lee denodadamente y tomando notas
al margen un libro sobre el proceso electrolítico (mediante
el cual la descomposición de un cuerpo, las sales, por
ejemplo, se verifica por medio de la electricidad: un
metal, para ser “cromado”, debe ser sometido a este
proceso). El libro en cuestión es grueso, con la tapa
(roja) ilustrada con un reóstato (una resistencia eléctrica
regulable adaptada para intercalarse en un circuito
eléctrico). El título del libro es: La
cuba electrolítica, nombre conque efectivamente
se designa el recipiente donde tiene lugar el proceso
electrolítico. Abordado por policías de civil, inquietados
por el título, el color del libro y ese reóstato tan
amenazador, cuyo aspecto les recuerda mucho a un arma
de guerra, el muchacho comienza in situ, ipso facto, sine die y manu militari a ser interrogado. Pasada
la sorpresa el muchacho comprende el malentendido y
trata de demostrar su inocencia: “Es un libro de Química”,
dice mientras lo abre, “está lleno de fórmulas”. A lo
que uno de sus interlocutores responde: “Yo no quiero
que me descifre ninguna clave”. Y nunca más se supo
nada del muchacho.
Esta nueva digresión sirve para poner en autos al posible lector
desinformado en torno a la importancia que tenía entonces
para los implicados directos el asunto del título. Las
opciones, como casi siempre, eran múltiples, pero finalmente
se inclinaron por encontrar un par de epígrafes “amansadores”,
que tiñeran el timbre amenazador de Cómo en la guerra con una suave mano de inocencia: una caricia amansadora,
precisamente. Nuestra autora tenía previsto uno: “El
amor es la guerra civil de los nacidos” (Quevedo), y
el otro fue pergeñado por el escritor Aníbal Ford (nombre
sospechoso, así como también la revista en la que se
desempeñaba como jefe de redacción, Crisis,
en la que Luisa Valenzuela trabajaba entonces como redactora),
el verdadero y anónimo autor del epígrafe número dos:
“Ya no tiene más razón/ explicar mi suerte perra:/ meterle
adentro al amor/ es andar como en la guerra”.
Asunto segundo: la “Página cero”, considerada por los dos queridos
y admirados consejeros de Valenzuela (Enrique Pezzoni,
ensayista y editor, célebre por sus traducciones de
Lolita, de
Nabokov y de Moby
Dick, y el poeta y traductor Alberto Girri: roguemos
por ellos que en el cielo haya bibliotecas) como altamente
revulsiva, mientras que para la autora se trataba de
una página esencial, la narración inquietante de una
sesión de torturas que de inquietante no tiene nada,
y que más bien parece tratarse de un abordaje documental
en primera persona, una puesta en papel de los dictados
del cinema verité, en la que AZ es torturado para que confiese sobre la
mujer que anduvo buscando aún cuando la tenía frente
suyo. (Detalle encantador, marca indeleble: la “Página
cero” fue omitida a último momento del volumen, pero
nadie se acordó de retirarla del Índice, y allí quedó.
Para Luisa Valenzuela esa ausencia en el cuerpo de la
novela y esa presencia en el Índice representa “el poderoso
señalamiento del secreto”, el “secreto público”, lo
que no debe saberse o aquello que, en palabras del antropólogo
Michael Taussig que la propia Valenzuela cita en Escritura
y secreto, “es generalmente sabido pero no puede
ser articulado”, lo que aflora como su tuviera vida
propia, o como lo que muerto pareciera tener aún voluntad,
como el cuerpo exangüe del ahogado que sube a la superficie
del mar después del naufragio, aquella obviedad que
cuando resulta imposible enunciarla se hace visible,
iluminada como por mil watts, pero subrepticiamente,
con la luz espectral de lo que no puede ser dicho.)
El caso de la dictadura militar autodenominada Proceso
de Reorganización Nacional que sufrió la Argentina entre
1976 y 1983 es un ejemplo prototípico, destinado a ser
el elegido para citar en los diccionarios, de cómo,
por un proceso de encubrimiento y enmascaramiento de
lo que está delante de los ojos y desfila ataviado insolentemente
con la impunidad que confiere el estar del lado de la
ley de facto crea en el ámbito público una interminable
serie de imaginativas estrategias. Tortura, muerte,
secuestro, masacre y rapto de menores sucede, todos
saben que sucede, pero pocos se atreven a decirlo.
En pocas palabras, entre los distintos privilegios de que goza
la literatura de Luisa Valenzuela está el hacer de su
estética su ética, su “cómo”, su “de qué modo”, pero
sin por eso otorgarle un lugar subalterno al “qué”,
menos aún silenciándolo, más bien poniendo en evidencia
ese silencio público, haciéndolo brillar con toda su
radiante insolencia. En el terreno estético, aquellos
que teman a Valenzuela perderán ese temor cuando vean
que sus propósitos nunca acaban con todo. Ella es a
la literatura lo que los anticuerpos a la medicina:
si es literatura lo es, ante todo, porque es antiliteratura.
Si los caminos del arte son
imprevisibles es, entre otras cosas, porque los de Luisa
Valenzuela también lo son. De algún modo los
libros representan la realidad, pero si la realidad
fuera hermosa hasta ese punto (si por ejemplo llevara
un nombre tan hermoso como Luisa Valenzuela),
no habría literatura.