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Peligrosas Palabras (2001)
Confesión
Al completar una novela o una
colección de cuentos quedan resabios de ciertas percepciones
que van paso a paso ampliando su propio espectro. Creo
en los caminos alquímicos y me ha tocado a mí la llamada
vía lunar, que contrariamente a la vía solar
transita de la práctica a la teoría. Es decir que primero
hago, siguiendo el hilo narrativo o la llamada inspiración,
y después trato de entender lo que hice, y sobre todo
por qué lo hice. Literariamente hablando, claro está.
En este caso se trata de un acercamiento
al trabajo de teoría como una excrecencia del trabajo
de creación. Un tomar distancia de lo escrito desde la
pura ficción para intentar elaborar algunas ideas al respecto.
A veces, con suerte, en un espiralado juego de vaivén,
de la idea nace algún pequeño relato que la ilustra.
Sólo con los cuentos agrupados bajo
el subtítulo Cuentos de Hades, del volúmen Simetrías,
logré invertir la corriente y pude escribir narrativa
a partir de una concepción teórica. Se trata de una relectura
desde la mujer – y la mujer que se narra a sí misma--
de los cuentos de hadas de Perrault. Ya abordaré el tema
cuando corresponda, aunque muy bien no sé cuándo corresponderá,
porque me gustaría que los siguientes capítulos funcionaran
como una forma de hipertexto; quien los lea podrá saltar
del planteamiento de un tema a su desarrollo en otro sector
del libro. Por eso mismo titulé Ventanas aquello
que aparece como estrambote o dato añadido.
Mi tránsito por la vía lunar me viene
de lejos, si bien me llevó años saber que se trataba de
algo reconocido y hasta quizá positivo. Como si fuera
ayer me acuerdo de una tarde de inglés en mi escuela primaria
cuando teníamos que completar frases, muchas de ellas
refranes o consejos para mí desconocidos. La única frase
en la que me equivoqué la había dejado para lo último,
a causa de la duda. Decía: “.... before you ....”
y las palabras que me quedaban para escoger eran look
y leap. Lo pensé mucho. Y decidí que era preferible
saltar primero y mirar después, para no aparecer como
una mirona presa de la tan difamada curiosidad femenina.
Se ve que no aprendí la lección.
Primero salto, y después miro.
Los aquí reunidos son, en definitiva,
ejercicios de una mirada posterior a ese salto al vacío
que es la escritura de ficción.
Al retomar, corregir y aumentar los
presentes textos, escritos a lo largo de casi treinta
años de activismo literario, por fin entiendo la fuerza
que los fue moviendo. Se llama Shakti y en el panteón
hindú simboliza el elemento femenino que se encuentra
en todos los seres humanos. Las diosas le transmiten
shakti a los dioses para que ellos puedan ejercer plenamente
sus funciones. La cultura occidental ha desatendido su
shakti. Poco a poco el movimiento de liberación femenina
ha ido enderezando los tantos. Las siguientes reflexiones
sobre la mujer y la palabra pueden y quizá deban ser leídas
desde el punto de vista shakti, que involucra también
el pensamiento menos obvio del hombre, y gracias al cual
podremos empezar a entablar un diálogo de pares.
Mis aportes a este diálogo mixto
son sin lugar a dudas mis libros de ficción, los que más
hablan por mí sin rozar siquiera, o apenas con la punta
de los dedos, mi vida. Ni lo necesitan: son mi sinceridad
más descarnada. También hablan por mí las presentes reflexiones,
y hablar es la palabra porque muchos de estos textos nacieron
como charlas, conferencias, ponencias en muy diversos
congresos, esas cosas de la coloquialidad que he tratado
de respetar a pesar de todas las addendas y afinaciones
(como quien afina un motor más que un instrumento de
música). Quise conservar el tono coloquial, compartiendo
algo que contestó John Berger cuando le comentaron que
su novela King parecía naïf pero no lo era en absoluto:
“Trabajé mucho en ese sentido. Intenté
que fuera directa, y cuando la gente habla en forma directa
parece naïf, porque lo usual es hablar con complejidades
protectoras. Merece la pena correr el riego.” A continuación
de lo cual el gran escritor inglés agregó algo esencial
a toda escritura. “Lo que importa es la distinción entre
ingenuidad y lo que yo llamo ignorancia criminal, que
consiste en no querer saber, en no querer mirar, en no
querer hablar”.
Los tres monos sabios deberán enfrentarse
acá –mansamente, es cierto-- con la mona que aunque se
vista con el ropaje literario que durante siglos fue privativo
del hombre, mona queda. Y a mucha honra. Será ésta una
mirada de mujer, con conciencia de serlo, para bien y
para mal, desde las hormonas, sí, pero sobre todo desde
esa construcción social llamada mujer que atañe a la humanidad
en pleno.
Muchas cosas se dicen sobre la escritura
de la mujer para simplificar algo que puede ser tan similar
a la escritura patriarcal y sin embargo tan sutilmente
diferente.
Se dice, por ejemplo, que la escritura
de la mujer está hecha de fragmentos. Con los presentes
textos no intento refutar idea tan simplista, todo lo
contrario. Trataré de alentarla pensando en fragmentos,
aunque no me reconozca tanto en la escritura fragmentada
como en la polifonía, una multiplicidad de voces para
enfrentar el discurso hegemónico, unívoco.
Como las hacendosas muchachas que me precedieron en
la historia, éste será un muestrario. Ellas lo confeccionaban
con aguja e hilo, los delicados puntos cada vez más complejos
que iban aprendiendo en sus clases de bordado; el mío
no resultará un bordado tan vistoso porque intentaré,
como se propuso en un memorable encuentro en la ciudad
de México, ir bordando con la escritura alrededor de la
palabra. O mejor dicho alrededor de todo aquello que el
tema palabra convoca.
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