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La travesía


FRAGMENTOS

Cita a ciegas
(2ª parte)


Estoy sola en este museo, en Nueva York, en el mundo; estoy sola y tengo esta vida a lo Schwitters con apenas la ilación de los recortes, pensó.
Había llegado hasta allí para darle forma a una cita a ciegas que no la involucraba en absoluto, que no habría de brindarle satisfacción alguna o remedio a la soledad. Paciencia. Sólo era cuestión de esperar un rato juntando coraje para más tarde, un poquito apenas, justo el coraje necesario para largar su parlamento sin siquiera mirarle la cara al tipo de marras, y sobre todo evitando que él le viera la cara a ella. Una cita a ciegas minimalista dentro de la otra, la concreta, tan sólo gestionando la otra, orquestándola. Prefirió quedarse allí con Schwitters, no tuvo el impulso de ir al piso alto donde la colección del museo lucía en todo su esplendor. Arriba la esperaba el escenario de un encuentro impensable.
¿Quién le impidió salir corriendo? ¿Quién la obligó a enfrentarlo? ¿Había firmado un contrato, acaso? ¿La estaban vigilando? Nada de eso. Por propia voluntad se había metida en la salsa y muy por propia voluntad podría haber zafador yéndose en aquel mismo instante a su casita, y a otra cosa mariposa.
¿Acaso no sería lo más sádico de todo dejarlo al hombre esperando una cita a ciegas que de tan ciega se tornaría inexistente?
Hermana, se dijo ella ya un poco desprendida de sí, como en otro nivel de la conciencia, un nivel donde todo puede ocurrir, donde conviene llevar los juegos hasta sus últimas consecuencias; hermana, vos aceptaste y no sólo aceptaste sino que pusiste tu grano de arena al armar esta trama, tenés que seguirla en lo que te corresponde, nada de agachadas de última hora, de huidas y mojigaterías que no es conducta propia de vos, hermana, monjita mía, dulce sor Caridad ahora metida en esta obra de bien por el lado del tortuoso deseo.
Qué tedio, Schwitters, un obsesivo, repetitivo, si tiro de ese piolín me encuentro desnuda ante él, ante el ojo clínico de aquél que tortura el papel en mil pedazos y después los cose con puntadas de armonioso desconcierto.
Si tiro...Sí, tiro.

El loco impulso de arrancar los papeles pegados para ver qué habría detrás de los collages la arrancó precisamente- de la contemplación y no sin cierto horror comprobó que había llegado la hora. Las tan temidas, lorquianas cinco de la tarde. Corrió hasta la entrada del Museo de Arte Moderno para plantificarse frente a los porteros, debía buscar a un hombre con discreto portafolios colgándole del hombro. Optó por esperarlo al pie de la escalera mecánica, un sitio muy conspicuo pero no le importó, ella podía ser una visitante más del museo con aire algo intelectual. Simuló leer un folleto, espiando mas allá del folleto a la altura de las carteras. Y de golpe lo avizoró, reconoció el portafolios, el mismo que ella misma había dejado en el guardarropas esa misma mañana.
Elegante el hombre, y joven, y para colmo vestido en la gama de los beige, bien lo hubiera podido querer ella para un día de fiesta, pero no con sus oscuras inclinaciones y la negra cartera, no.
Él se encaminó al baño con paso despreocupado, ella pudo prever sus movimientos como si lo estuviera viendo. Él se encerrará en el excusado, se sentará sobre el inodoro y como es hombre meticulosos bajará la tapa, a menos que tenga alguna otra ocurrencia o necesidad fisiológica además de la de seguir las instrucciones de la carta. Él se asombra y después se sonríe y quizá hasta se relama al encontrar las medias caladas de mujer, el portaligas ajustable, el corpiño y el slip de puntilla negra haciendo juego. Él se saca el pantalón. Se saca los calzoncillos y los mete en el portafolios como para no verlos más, desnudo vuelve a sentarse sobre la tapa del inodoro y continúa leyendo las instrucciones. Ella podía seguirlo con la mente, conocía la carta de memoria porque había ayudado a redactarla a pesar de no haber diseñado la idea (poco sabía de estas cosas, poco quería saber, aunque aceptaba y acepta que querría saber bastante menos poco de lo aconsejable). La carta le indica al hombre cómo vestirse debajo de su sobrio pantalón y su sobria camisa. La carta lo envía luego a sentarse en el medio del banco central en la sala de los Pollocks, de espaldas a la entrada. Y cruce bien las piernas, lo conmina, para mostrar las medias que serán la señal para quien se sentará detrás suyo y le dará las últimas instrucciones. Y no gire la cabeza, no mire para atrás: recuerde a la mujer de Lot, a Orfeo, a todo esos renuentes.
Medias caladas de encaje negro, con dibujo de florcitas, de esas que se usaban en los años 70. Ella no necesitó pasarle por delante al hombre y verle las medias que él exhibía como una provocación, medias de mujer ajenas al buen gusto, a la virilidad, a sus zapatos sport de gamuzón color café con leche. Ella le reconoció el saco, el portafolios, era él allí tan sentadito en el justo medio de ese largo y ancho banco. Lo dejó estudiar las salpicaduras del Pollock frente a sus ojos hasta volverse bizco. Que intente encontrarle algún mensaje, pensó, siempre es bueno auscultar las obras de arte en busca de mensajes. Siempre es bueno e inútil, he ahí la gracia.
A ella la elección de lugar le pareció acertada, y no sólo por razón del amplio banco. De golpe recordó que en Londres a Jackson Pollock se lo llamó Jack el Salpicador, Jack the Dripper en lugar de Jack the Ripper, el juego de palabras resultaba apropiado para el caso, era de esperar que el hombre sentado haya hecho a su vez la alegre asociación. Ella le adivinó la sonrisa, no necesitó pasar frente a él para vérsela: sonrisa un poco sobradora, satisfecha, no segura de sí pero regodeándose ante la expectativa.
Respiró hondo y se sentó a espaldas del hombre sentado, usándolo casi de respaldo para que él no pudiera darse vuelta. Él se estremeció y ella cobró coraje: Acuérdese también de la Gorgona - le sopló- no sólo el hecho de mirar para atrás hiere, a veces también hiere aquello que se ve.
Pucha digo, se dijo ella, ya ando saliéndome del libreto, estirando sin necesidad el parlamento. Pero en la otra espalda tensa percibió un leve escalofrío y eso logró ratificarla. ¿Gratificarla?
Apoyó la cabeza en el hueco de la nuca del hombre; ella era tanto más baja que él pero en ese momento se sintió mucho más grande porque estaba dando las órdenes. Eche un poco la cabeza para atrás si me oye bien, le susurró, y él obedeció y fue como si hubiera querido acariciarla. Yo no soy su cita a ciegas, le dijo al hombre; soy sólo el portavoz que transmite las órdenes. Usted se va ahora a su casa, busca una navaja o un cuchillo filoso y corta la cartera, con cuidado porque tiene doble fondo, y lo que allí encuentre se lo va a calzar en la cabeza tapándose bien la cara y cerrando todos los cierres para obturar sus propios orificios. Pero antes no se olvide de dejar la puerta de entrada a penas entornada. Con sólo la ropa interior de mujer que encontró en el portafolios y ahora lleva puesta, se tenderá usted sobre la cama y esperará, esperará. Su ama va a llegar para darle su merecido y más también, cumpliendo la cita a ciegas. Encadilante cita porque usted a su ama nunca jamás le verá la cara.
Así le dijo ella al hombre, y poniéndose de pie con total sangre fría para dar por terminada la sesión se escabulló entre el público una figura más entre tantas figuras- y desapareció: manchita de Pollock, recorte de Schwitters, colchón desvencijado y mancillado
Una vez fuera del museo respiró con ganas el aire del atardecer y se alegró de que por fin hubiese terminado para ella toda la loca historia de la cita a ciegas.
Caminó tres pasos y supo que no había terminado, no: recién empezaba. Debía encarar ahora su propia cita a ciegas con la parte ignorada de sí que la había metido en esa loca historia.


(pp 10 a 13)


Baires / el hallazgo


Tuve un amante argentino, empieza diciendo Bolek porque es la información más estimulante. Un patán, hijo de familia rica, un good for nothing, ¡pero tan buen mozo! Y me invitó a Buenos Aires a visitarlo. Imaginate si yo, sencillo polaco de Cracovia, sin duda la ciudad más intelectual de toda esa loca Polonia pero Polonia al fin - y no que yo haya tenido nada contra los comunistas de la época, todo lo contrario- iba a despreciar una invitación a conocer la llamada París del sur, la extraña capital mundial del desaparecido (no me tomés a mal, no pongás esa cara, yo era muy joven, valía la pena dejar todo lo que estaba haciendo acá que total no era gran cosa y trasladarme al confín del mundo a hacer una muestra. 1982, date cuenta, estaba seguro de que tendría cosas para decir). Mi amante me tentó con eso, la idea de la muestra. Tenía un espacio maravilloso, me dijo, una cúpula increíble frente a la enorme cúpula del Congreso de la Nación, con terraza para esculturas. Así que pensé en él, pensé en la muestra, el hombre me gustaba, la idea también, todo calzaba a la perfección, y me largué a descubrir Buenos Aires y descubrí una enigmática mujer que escribía cartas para hacer parar de punta algo más que los pelos de algún desconocido y acabaste siendo vos, quién hubiera dicho.
Sobre la muestra Bolek promete darle detalles más adelante; en cómodas cuotas, por entregas. A saber:
1- la inspiración en el retablo de Isenheim de Matías Grünewald, el tema del Cristo torturado en la cruz como alusión al momento político del país.
2- las esculturas vendadas en la terraza
3- la alusión más que directa a los desaparecidos
4- la tremebunda pelea con el dueño de casa devenido galerista, a causa sin ir más lejos del inciso anterior.
A esta altura, a ella la desespera la impaciencia y le dice a Bolek que hace bien en ahorrarle detalles, que por favor, por favor vaya al grano - casi diría la pústula- y hable sobre el hallazgo de las cartas.

Fue por pura casualidad. Mala suerte no más que tiene una, cuando un simple vendaval la sopla en la vida del otro. O viceversa en este caso. Cuando un viento algo fuerte le permite al otro meterse a husmear en al vida de una.
Bolek sólo quería colgar su enorme estandarte de un mástil colocado ad hoc en la terraza de la cúpula. La esperanza era que pudiera verse desde el Congreso, aunque a la postre resultó una esperanza desmedida. Dicho estandarte, de casi tres metros de largo por uno cincuenta de ancho, lucía la siguiente leyenda:
Greczynski/ una instalación/ HOY
Pero el viento dio por tierra tamaña fatuidad. Mejor dicho, por tierra no, dado que bajo la gran terraza de las futuras esculturas estaba el balcón del sexto piso donde quedó enganchado y contrito el estandarte.
Ningún problema. Don Argentine Lover, cuyo nombre al principio Bolek intentó preservar, intención que ella a su vez intentará respetar toda su vida, era dueño de casi todo el vetusto edificio (cosas que tiene los ricos para entretenerse) y por ende el portero era su empleado. Bastó por lo tanto que don Argentine Lover le ordenara a don Portero que fuera a rescatar el trapo del balcón del sexto B, para que el cumplimiento de la orden se efectivizara de inmediato.
¡El sexto B, mamma mía, mi propio y abandonado bulincito! ¿Cómo podía tener el portero llave de mi lugar, que es mío de toda mi propiedad? casi grita ella sin poder contenerse.
Vaya uno a saber, se alza de hombros Bolek; cosas de mi amigo, sin duda. Para él todo era como con los títulos y las acciones: cuando su parte ascendía a más del 51 por ciento ya se sentía dueño absoluto. A tiempo me salvé, ¿no te parece?
Le parece pero no se lo dice. Que él cuente nomás la continuación.
A saber:
don Portero e hijo subieron con el juego de ganzúas para abrir el depto ¡mi depto!, se alarmó ella en silencio- y Bolek fue tras ellos con la intención de dirigir el operativo y cuidar la tela enredada en el hierro forjado del balconcito. Pero se quedó atrás. Algo le llamó poderosamente la atención, no sabe bien por qué; quedó plantificado a la entrada, deslumbrado por unas cartas con sobres cortajeados que alguien había ido deslizando por debajo de la puerta a lo largo de meses, quizá años.
Pensó en la propuesta que Duchamps llamó la cría de polvo. Esas cartas iban delatando su tiempo de permanencia allí por el espesor de la capa de polvo que las cubría. Algunas se notaba que habían estado quietas en ese espacio de silencio y desolación por muchísimo tiempo. No tener un polvómetro, se dijo Bolek en un arranque de inspiración idiota. No tener una forma de calibrar los años de estacionamiento de misivas enviadas a un destinatario recortado. Aquí no vinieron en primer término, se dijo Sherlock Greczynski, no fue el indiferente cartero quien las deslizó bajo esta precisa puerta. Y ese detalle anodino sólo en apariencia gatilló su curiosidad, o mejor dicho su gula. El corazón empezó a latirle fuerte y eso que no podía ni sospechar el contenido de las cartas. Polvo de tantos años, algunas algo más recientes pero igual cubiertas de abundante polvo en esa estancia cerrada, casi diría hermética hasta que portero e hijo con ingentes esfuerzos lograron abrir las oxidadas fallebas de la puerta del balcón y ¡horror de los horrores! el polvo le voló a Bolek en la cara y las dormidas cartas parecieron despertar y aletearon un poco, como llamándolo.
Cuidado, les gritó, tengan cuidado con el banderolo, les gritó a padre e hijo en su escuetísimo castellano de entonces, encomendándose al espíritu santo según parece aunque no habría de reconocerlo jamás, pero era evidente que en ese sublime instante prefirió abandonar toda aspiración terrenal de gloria y estandarte y se quedó tieso en un umbral tan cuajado de epistolaridad que parecía sagrado.
Sacré nom de nom! habría de exclamar después, sacré milputas (cuando supo alguito más del idioma de los argentinos), porque mientras los súbditos de don Lover desprendían con cuidado muy relativo su precioso y preciado estandarte de las garras del herrumbrado balconcito, Bolek no pudo contener el impulso y se metió entre pecho y camisa un buen manojo de esas misivas de polvo y espanto.
Y le empieza a decir a ella como en confesionario:
* Te conocí mucho antes de haberte conocido.
* No me importaron los desgarrones, igual había que agujerearlo para que el viento no se embolse ( ella no pudo saber si él hacía referencia a su estandarte o a su pecho)
* El Lover sobrevivió a mi intento de matarlo tirándolo por las escaleras. La muestra fue todo un éxito.
Frases sueltas que le va tirando. Tratar de hilarlas en un discurso unívoco les quita espontaneidad y frescura.
Y ella busca otra cosa.
Esas cartas.
Bolek las tuvo en sus manos. Nada indica que no las tenga aún y no pretenda algún día usarlas para desenmascararla ante ella misma, que ante los demás le importa un reverendo pito. Al menos eso piensa ella. Eso espera. Y Bolek no es de los que chantajean, es hombre maravilloso, es de los que azuzan. Ella lo sabe.
Sigue por lo tanto interrogándolo por el camino menos oneroso.
¿Se las mostraste a otro?
No.
¿Cuándo fue que supiste suficiente castellano como para entenderlas?
Siempre. El sexo explícito, beautiful, se entiende en cualquier idioma. Digamos los idiomas accesibles al mundo occidental y latinado.
¿Y cómo pudiste deducir que eran mías?
Ante tamaña pregunta, Bolek se siente cuestionado en la más elemental de sus capacidades deductivas. Ella lo reconoce, sabe que él es un tipo por demás inteligente, aunque para deducir lo de las cartas se ve que no necesitó especial cacumen.
El portero con adobada candidez (sólo veinte dólares, en agradecimiento por el rescate del trapo) le dio el nombre de la propietaria del 6to B. El resto fue cabos que se ataron solitos.
Quién es esta mujer dónde está esta mujer, se puso a preguntar en derredor y nadie pudo contestarle o le dio bola. Sólo don Lover empezó a alarmarse por razones de celos pero Bolek supo inventarle una historia coherente aunque poco plausible. Cuando la narrativa es buena nada importa la verosimilitud, importa darle al otro la versión que el otro quiere o querría o quisiera escuchar.
De eso se trataban, las cartas, trata de insistir ella.
Eso se lo dirá usted a todos, le contesta él citando una frase a su vez muy citada por ella en dichas cartas.

El encuentro de Bolek con su correspondencia le abrió a ella los ojos. Cartas devueltas con malas artes al remitente, es decir que devueltas, sí, pero a un destino donde el remitente no está ni, con un poco de suerte, volvería a estar jamás.
¿Qué buscó F? ¿Enfurecerla el día de su improbable retorno? ¿Darle a entender que descontaba un eventual retorno y un retorno a la furia?
Durante cuatro años ella le escribió a F, y según viene a enterarse durante cuatro años él, personalmente o por interpósita persona, se tomó el trabajo de irle devolviendo misiva tras misiva a juzgar por el tan mentado polvo acumulado en capas de distinto espesor y tono.
¿Y el/la/los/las destinatario/ria/rios/rias? ¿Qué averiguaste al respecto? le pregunta a Bolek haciéndose la despistada.
Destinatario, contesta él; se trató de uno solo, y masculino para más datos. No parecés haber descubierto aún los placeres homoeróticos. Tu te los pierdes, beautiful. Pero este hombre para mí innominado, desde la abyecta oscuridad de su libidinosa caverna, se encargó de borrar todas las huellas. A golpe de tijeras. Tijereteados los sobres, mutilados de buena parte de su cara delantera, tijereteadas las epístolas en su encabezamiento lo que es una lástima. No sólo desconozco el nombre apodo o alias y los términos de afecto si es que los hubo, además en caso de cartas escritas a doble faz a veces me he perdido líneas enteras de sabrosas descripciones de candente erotismo cuando no de lisa y llana pornografía.
Esto último fue dicho en tono más alto, un tanto enfático, cosa que atrajo a los llamados artistas, los internos de Creedmoor que andaban por ahí pintando sus cuadros o sus inquietantes grafías en paredes y pisos. Vinieron a reclamar la presencia del maestro y él partió tras ellos para alentarlos.
Ella toma conciencia de dónde está y sobre todo con qué cartas estuvieron jugando.
Sin marcas, las cartas. Sin siquiera las que pudo haber dejado una birome sobre el papel de abajo. Ella solía escribir los sobres en primer término, no para evitar marca alguna sino para irse armando de coraje.

No fue fácil mantenerlo satisfecho a Facundo. A veces necesitó bastante más que imaginación y desenfado y chutzpa. A veces se internó por terrenos inexplorados de la mente, cavernas en las cuales no se pudo sentir a gusto en absoluto, a veces hizo algún módico aunque titilante y hasta incómodo trabajito de campo para alimentar la imaginación y tener dónde hincar una vez más el diente. F jamás le envió una palabra de respuesta, le enviaba eso sí cada tanto pasajes abiertos para vuelos cada vez más distantes y exóticos. Java, Nepal, Papúa Nueva Guinea, el corazón de Australia. Ella es antropóloga, llegaba a esos lugares con un ojo distinto, él pretendía que llegara sólo con el bajovientre y ella intentaba complacerlo, no en los hechos sino en la narrativa de hechos pasionales, plausibles.
Si algo logró en ese período fue afilar la pluma. Decir un deseo que creía era el de él y resultaba serle aterradoramente- propio.
Y todo esto se lo viene a destapar este hombre su amigo, y se lo tira a la cara mientras están sentados en el centro de un salón en medio de un vasto edificio semiderruido en el corazón de un manicomio con todas las de la ley. Un manicomio vasto como un mundo y colmado de locos de todo color y laya.
Es un proyecto artístico. El de Bolek. El de ella también lo fue, percibe ahora y se cuida muy bien de abrir la boca o dar explicación alguna. Fue un proyecto artístico Se hace lo que se puede, le contesta ella ya harta.


(pp 61 a 66)

Aunque huela a flujo vaginal y a semen rancio. Para un único expectante gozador.
Con esbozada sonrisa de sumisa determinación, Joe el adlátere viene a reclamar la presencia de ellos dos frente al nuevo mural colectivo desbordante por todas las costuras. No pueden menos que seguirlo.
El mural a ella le resulta admirable y lo dice.
Ves, le sopla Bolek en castellano; ellos son valientes y expresan lo que sienten. Tendrías que ser valiente vos también y volver a escribir tus erotomanías, podrías sacar de allí algún bueno cuento.