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El gato
eficáz
FRAGMENTOS
1. Primera visión felina
Cómo me gusta vagar de madrugada por el Village
y espiar a los gatosbasureros de la muerte: escarban loquihambrientos
en los tachos hasta dar con la basura que bajo sus uñas
pueda matar de un rasguño.
Él le dijo mañana nos veremos y ella de
inocente le creyó. ¿Cómo una mujer
gato no pudo ver al gato? Y él, con tanto de ratón,
¿como no supo escaparle? EI gato de él era
negro ojosdebrasa, y en el Village nevaba. Pasó
bajo la nieve un cartel que decía Dios esta vivo
y bien en la Argentina; las piedras habían acribillado
la palabra Dios, los ojos del gato fulminaron vivo y entonces
solo quedo la Argentina que ella vio como en sueños
y se acordó de él por lo impreciso de su
geografía. Él era de Guatemala con el pelo
eléctrico y un polo positivo para atraer al gato
hasta el borde de su cama.
Cama. No es lugar para morirse: indigna horizontal, prefiguración
gratuita.
Me gusta vagar por el Village con el débil primer
rayo, mientras solapados desconocidos desandan su camino
de espaldas para recuperar portales y los gatos de la
muerte se erizan y se vuelven pura corriente de afilados
cuchillos.
Las paredes de piedra son más rugosas de madrugada,
pasan ráfagas que no son de este mundo. Hay que
acechar a los asesinos en zaguanes para que la descubran
a una.
Nada es fácil en la madrugada, y menos aun valiente.
La nieve se recalienta y en el medio le sale una mancha
de sangre allí bajo la tercera hamaca en el parque
de los niños cerrado con cadenas.
EI le dijo nos veremos mañana y hasta él
lo creía. ¿Por qué entonces entro
en el improbable baño de los túneles y dejó
que otro hombre le sorbiera la vida? Era un hombre encorvado
-no él, el otro- doblado en dos por la costumbre
de mantener la boca a la altura de braguetas y para morirse
no podía merecer ni un gato, ni un solo pelo de
gato de esos que vuelan con los vientos esquineros del
Village convertidos en dardos para traspasar cerebros.
Era un inmerecedor de gatos y el dejo que lo chupara sin
acordarse de ella, sin imponerle el nombre de ella como
una nueva cruz. Dejo que lo chupara y quedo indefenso;
si todo el mundo sabe que el gato de la muerte le teme
a los testículos, los buenos testículos
cargados: talismanes de vida.
Vampiros hay para todo. Nuestros líquidos son inagotables,
nuestras secreciones. En la esquina de Bleecker y de Carmine
se topo con su gato. ¿Cómo iba a ver al
gato si al hombre de los baños no le vio los colmillos?
¿Si no supo de la sangre menstrual en los baños
de hombre? La sangre de los hombres brotando carcomida,
disfrazada de blanco.
No me crucé con él porque a mí me
gusta pasear de madrugada por el Village y a él
de noche. Dudo que se me pueda ver de noche: soy color
de las tinieblas. Pero sé caminar entre vientos
esquivando los pelos de los gatos, se ver brillar el cuchillo
cuando brilla y hasta se ahogar el grito si algún
desaforado me aprieta la garganta.
Cruzar no lo crucé, pero mi eterna humildad me
llevo de rodillas a su cama y mi amor por la gente me
metió entre sus sabanas y el estaba agotado e indefenso.
Mi lengua topo tabaco y supo que una lengua de hombre
ya había incursionado por esas tropicales zonas
tiernas. Comprendí. Entonces me eche a su lado
y le conté un cuento lento acariciante para completar
su entrega. Hasta que oí el maullido y pude irme,
silenciosa como había llegado, afelpada y un poco
peluda, toda yo una pata de gato, almohadilla con ganas
de lamerme, un poco enamorada de mi misma de tan dúctil.
Y afuera ya es de día, perdí el amanecer.
Me pregunto que me obliga -yo tan bella-~- a ser cómplice
de un gato de la muerte. Un vil gato basurero.
Me pregunto y hasta logro responderme, ni lo duden. Es
a causa, o a raíz de, o mas bien por la culpa de
mi monomanía de leer en un sótano los diarios
atrasados. Me traen las mejores noticias: las cosas ya
ocurridas que no pueden faltarnos el respeto -refulgentes
y odiosas- y que acuden a mi cuando no pienso.
Quedo así escuchando chirridos exteriores mas bien
desafinados.
Se me estiran los tímpanos revénticos.
Las mentiras una a una se dilatan y tengo canallesca sed
de estar muy sola y observar mi propia imagen por el ojo
de una cerradura periscópica.
Así sabré; quizá alguna vez llegue
a saber por que razón los gatos de la muerte me
han tomado de amiga. De cómplice mas bien: yo tan
inoportuna como siempre, tan desaconsejada.
Una nota finita me llega desde lejos y parece un llamado.
Solo yo aprendí a no responderle, me mantengo piola
en mi canasto enroscada en mi misma sin siquiera estirar
el pescuezo y asomar la cabeza para ver lo que pasa. Empiezo
a saber del temor que me embarga: la razón de mis
actos.
Él me hizo leer el articulo. Estaba en bastardilla:
era acuciante. A continuación lo transcribo para
descorrer los lienzos de los noctisecretos ignorados por
otros. -Como creo haber dicho, me quedo enroscadita en
mi canasto observo por hendijas de la paja y anoto y anoto
sin hacer comentarios.
Vamos vieja ya sé de que se trata que tanto venir
haciéndote la fina si a mi no se me escapa ni un
suspiro. Mucha pata de gato almohadilla con ganas de lamerte
y estas allí sentada con ojos tan opacos. No sabes
lo que es lavar los platos ni romperse las unas rasqueteando
los pisos. Ni sabes de la vida: solo tenés en la
mano algún informe, tres o cuatro detalles rejuntados.
El informe lo tengo en mi guarida al alcance de una mano
cenicienta. Pueden pasar tres cosas:
a) que salga el arcoiris y lo borre,
b) que al contacto con el aire estalle y se disperse,
c) que envuelto en una membrana transparente lo de a publicidad
para alentar al mundo.
Opto por c)
pues el secreto nunca debe ser privado de las luces de
un destino incierto.
y opto por d) por e) y por f) que no existen.
Otrosi digo: es un informe perimido aun vigente y por
eso lo acaricio con la lengua, lo desarmo y rearmo en
un rompecabezas como siempre sucede con las cosas que
a mí acuden para que de una u otra forma las posea,
las de a publicidad.
(pp 7 a 10)
APOLOGIA DE LA VERDADERA HUIDA
De noche oigo tambores, me ensordecen los ruidos de la
calle. Un redoble firme me llama a degüello. Es bueno
sentirse así acompañada, acunada por los
dulces tambores de la horca.
Voy a hacer una apuesta contra el otro sector de mi persona.
La parte cotidiana de mí misma que teme al sufrimiento
y a la muerte. La parte que se asombra, quizá la
que más vive por cobarde. Debe ser que los tambores
ya vienen a buscarme, debe ser que alguna vez les hice
falta, que en algún rincón de casa, en cualquier
lugar del mundo el cadalso me espera y ya está
armado.
No hay que ser fatalista. Si de noche oigo tambores más
vale largarme por las calles y hacer como quien busca,
disparando.
Huir no siempre es cobardía, a veces se requiere
un gran coraje para apoyar un pie después del otro
e ir hacia delante. Nadie huye de espaldas como debiera
huirse, por lo tanto nadie sabe qué es la retirada,
el innoble placer del retroceso: disparar hacia atrás
en el tiempo para no tener que enfrentar lo que se ignora.
Nadie huye de verdad, no es cuestión de salvarse
la vida para seguir muriendo.
Yo puedo atestiguarlo, vayan ustedes formando nomás
los tribunales.
Me he pintado la cara para hacer más efecto, mi
piel está ya blanca como tiza. Pero han de apurarse:
no se olviden que corro contra el tiempo, mi carrera es
de espaldas. En algún lado me espera mi cadalso,
redoblan los tambores.
(p 37)
Diosa 13 serpiente
Soy la interpósita persona, la imperdonable
¿Qué tiene ella que yo no tenga? Eso es
lo que pregunto, al fin y al cabo, qué tiene ella
para estar en los museos cambiando de disfraces con brazos
o sin brazos con cabeza o sin ella o en cuclillas. Siempre
es la misma a pesar de sus nombres, la duda no me cabe.
Siempre es la misma y yo soy tan distinta cambiando a
cada paso y teniendo que cargar con un único nombre
como si mi cuerpo y mi cara y toda mi persona no sufrieran
constantes mutaciones. Condenada estoy a cambiar, a renovarme
por culpa de mis células: con cada una que nace
ya soy otra; estoy en todas partes de mí misma
y me transformo. No me digan que no que eso es mentira,
ya saben: no miento porque soy perezosa a pesar de que
amo la mentira y no me canso de hacerle cosquillas con
los pies mientras estoy cómodamente sentada ante
una mesa tomando un wiskisáuer.
Me haría falta la imagen de la mentira para reverenciarla,
aunque muchas veces le pongo las caras que aparecen en
los diarios. Son fuente inagotable, los periódicos,
y no preciso iconos sino esa otra cosa que es el toque
de gracia: la pureza. Impura soy en la mentira, contaminada
por mi ausencia de escrúpulos, mi inconstancia.
Además, si no tengo a quién hablarle, ¿a
quién quieren ustedes que le cuente mi vida que
es la enorme mentira? Nunca pueden ser ciertas las cosas
que me pasan. El dolor, por ejemplo, o la desgracia. Los
momentos de tedio los paso en nombre de otro, tan sólo
por poder se me tuercen los dedos se me agrietan los labios
me duelen los riñones. Dentro de mí misma
yo soy invulnerable y no debo envidiar a las estatuas.
Del tamaño que sean, de granito de mármol
o de barro. Insisto que en la noche de los tiempos me
encontrará un arqueólogo que naturalmente
morirá de amor por mi persona, y no pueden culparme.
Se convertirá por mí en una momia para que
en algún lejano siglo -lo más remoto de
mí que sea posible--- lo encuentre a su vez alguna
niña desnutrida y se enamore de él y siga
así en cadena el amor de los unos por los otros
tantas veces mentado.
Yo no estoy escribiendo una novela, sino simplemente anotando
con el poco de vida que me queda esta prosa mayor que
es mi testamento (1). ~3uenas señoras, por lo tanto,
que habéis tenido la paciencia de seguir hasta
aquí mis magras líneas, o que habéis
por azar abierto el libro en esta precisa página,
cumplid fielmente con las disposiciones y venid en hilera
a orar ante mi tumba.
Y clavadme la estaca que lleváis en el pelo en
el lugar exacto donde mi corazón se encuentra.
(Total él está en otra parte, abandonado
como mancha de tinta en algún hotelucho o palpitando
por ahí en un afán remoto por recuperar
esas sístole y diástole que me llevé
conmigo.)
La estaca es para eso: evitar que mi pecho tan vacío
suba y baje en la tumba.
Eso sí: cuando el día de la muerte me acorrale,
tenderele
(1) Testamento
Cláusula I: El pecado de carne está en la
carne.
Este conocimiento debe ser asimilado por todo aquel que
pretenda heredar mis bienes.
Cláusula II: El que quiera mi amor que lo cuide,
que lo cuide, que no lo tire.
Cláusula III: Mis lectores me lo deben todo y
de ellos espero atenta dedicación si aspiran a
heredar mi diario.
A los gatos de la muerte les dejo estas uñas
que me seguirán creciendo después de muerta,
para reemplazar las de ellos cuando les fallen.
Yo quiero compañía.
celadas minuciosas. Vamos a ver quién gana, si
la muerte por ser mas avezada o yo por estar más
disponible. Es la disponibilidad lo que me salva, y el
corazón dispuesto a la ignorancia.
Somos pocos los que sabemos apreciar esta vida, yo y el
hombre al que amo cualquiera sea éste al llegar
el momento. Y yo vivo muy pendiente de los cambios para
que el gong no me agarre repitiéndome.
El tibio calorcito del hogar me arrellana de a ratos,
una luz fría de cocina me despierta instintos que
no tengo. Hay recuerdos de besos frente a ríos,
una noche de nieve en el banco del parque, el color submarino
de tortugas. Varios nombres barajo sin ninguna alegría,
ellos andan un paso más atrás de lo que
ando y el tratar de alcanzarme les resulta nefasto. Se
debe a que galopo en las tinieblas y mi rumbo de puro
imprevisible no puede ser seguido por los otros. Pocos
conocen el dulce ronroneo de la angustia al no saber adónde
se va, ni quiénes somos, ni de dónde venirnos.
Voy por rumbos oscuros esperando que me tome de la mano
y por una sutil ósmosis me entregue su savia a
la altura de la línea de la vida. O del monte de
venus cuando ciertas tendencias nos entornan los párpados.
Es una dulce trampa, me doy cuenta. No quiero cambiar
mis laterales ni hacer mi testamento del lado establecido
de las cosas.
Aquí no ha pasado nada, ni pasará ni pasa.
Si estoy en Buenos Aires quiero irme corriendo en busca
del desprecio. Un solo asesinato resplandece y se traga
las luces de aquéllos que vendrán. En Buenos
Aires hay que salir corriendo hacia uno mismo, disparar
de la nada. Son distintos los oscuros degüellos perpetrados
a diario, tenemos que comer con nuestras manos los restos
de un dolor fosilizado y hacer actos opacos por la noche:
pasearnos por el puerto donde las sirenas trinan con voz
enronquecida y la verdad no existe.
Un vaso de ginebra en el fondo del alma, una barba algo
rala, colorada, los ojos de un demente. Sabe ver cuando
quiere, ocultar las escarchas del placer congelado, cometer
imprudencias acá y allá en redondo, cercándose
a sí mismo. El monstruo es destetable, podremos
apartarlo de nosotras con un poco de esfuerzo. Tengo miedo
y cordura al mismo tiempo, tengo planes celestes que nunca
se han cumplido. Mi gato de la muerte es de una raza extraña,
quizá pueda aplacarlo, quizá ese punto blanco
justo justo en el fondo de una raya sea el toque impredecible
del retorno.
Exijo ser leída con calma y rebeldía, con
una balancita para cada palabra. Este es mi testamento
y leeremos como leen los abogados, dando a cada vocablo
justa peso, sin invertir el orden de las cláusulas,
equivocándonos. Por suerte alguien sabrá
que el significado es otro y me leerá tan sólo
en los reflejos. Será justicia.
(pp 93 a 96)
17. El gato eficaz
Nunca dudé que dejaría un estigma y sin
embargo le permití dormir sobre mi cuello. Ahora
tengo una quemadura negra en la garganta, un espeso contorno
y cuatro patas. Era un gato de muerte y lo deje dormir
sobre mi cuello en busca de un abrigo. Como si estos bichos
abrigaran -irredentos, solemnes- como si de ellos se pudiera
esperar alguna gracia.
Pero yo sé muy bien que la garganta se la debe
exponer a lo que venga. Los lobos, por ejemplo, solo así
detienen furias del enemigolobo. Yo no tengo enemigo -ni
siquiera lobuno- y ni pienso ponerme a detener a naides.
Sólo quiero informarles que si tengo un defecto
no lo oculto, expongo la debilidad de mis 4 costados,
en mis estigmas no aparece el sello De Uso Oficial Exclusivo
y están aquí a la vista de todos los contritos
desdentados.
Dientes en mi cuello eso sí que rechazo: me repugnan.
Hay tantos más vampiros de los que figuran en las
guías telefónicas y soy solo esplendente
con toda mi sangre a cuestas. Me niego a parecerme a aquella
señorita que fue enverdeciendo con cada luna llena.
Enverdeciendo sin brotar, en podredumbre. Nada rojo manaba
de su cuerpo, risible nada: la carcajada es roja, rosada
la sonrisa. El tono de ella era verde malvón del
color de las hojas que crecen en el Village al compás
de vapores. Pocos saben de eso: la gente solo ve el vapor
sin ver las hojas verdes que forma al desflecarse. En
el Village las flores sólo son de papel, alegres
coloridos para pena del alma pues el papel es trampa y
nada que provenga de el puede ser recordado. El papel
es trampa, yo soy trampa toda hecha de papel y mera letra
impresa.
Ella en cambio era verde como un verso de Lorca y peinaba
las lianas de su cuerpo por donde corría la savia.
Savia con clorofila, fotosíntesis, un mundo vegetal
descomponiéndose hasta hacerse petróleo
ante sus ojos. Y como vampiros nunca faltan -lo repito-
también encontró el suyo a pesar de sus
cambios.
Era un rico tejano con sombrero, completito, que le planto
su torre bien adentro y le sorbió los aceites mas
pesados en lugar de irrigarla. Un taladro, el tejano,
verdadero artífice del pozo aun dentro de ella.
Pudo así obtener un alto porcentaje de gases combustibles,
un poco de solvente. Pudo arrancarle amor que también
arde, ofuscarse en caricias petropútridas.
Yo conservo mis tonos sonrosados para un día de
nuevos combustibles, permito que se hagan prospecciones
por toda mi persona y elucido así la razón
de mis zumos, los dejo invadir conductos, poco puede importarme
si me llaman promiscua.
¿Promiscua? Eso si que no soy. Me sé mantener
aislada en medio del tumulto y cuando digo estar en un
cuarto tapiado es que viajo en el subte a las seis de
la tarde. La muralla es humana, por lo tanto, son los
cuerpos que tapan las ventanas y me obstruyen las puertas.
Por los túneles vagan los que quisieran ver la
luz del día. Están ciegos y sordos y ateridos:
sólo oyen el rugido del tren que se les echa encima,
ven la luz del gran faro, la electrificada vía
les conmueve el tacto, huelen a quemado a causa de los
roces, en el paladar sienten el gusto del desastre. Solo
en subterráneos funcionan sus sentidos y por eso
sobrenadan las tinieblas arriesgando la vida.
Sin sentidos carece de sentido estar en este mundo.
Cosa muy diferente nos ocurre con eso que llamamos sentimientos.
Sentimientos de culpa no nos dejan actuar nos detienen
la mano a cada instante a causa del recuerdo de hechos
imputables. Sentimientos de fracaso nos corroen por la
tarde cuando llega la hora de lo que no tenemos. Como
único sentimiento yo me quedo con mi gran autolástima:
lloro tan bien por mí, me lamo las heridas, me
aliento en las empresas y me perdono al fin cuando todos
me culpan.
Me perdoné un día en Chacarita ante tribunales
sabios. Tenia un juez indulgente que era yo, un jurado
volcado a mi favor y nada de fiscales. Señor juez,
yo me dije, absuelta estás, hija mía, me
contesté al instante. Absuelta sum, canté
en coro conmigo absuelta sum y me fui en bicicleta a recorrer
las calles.
Ya ni me acuerdo de qué se me acusaba. Prefiero
no acordarme, mejor dicho, para no tener que apelar a
la Suprema Corte: las más de las veces desapruebo
mis actos y busco algún castigo.
Siempre es él quien no quiere castigarme. De sádico
no más; no puede ignorar que un poco de castigo
me hace falta. Un poquito no mucho, tal vez en una oreja
o en alguna otra saliencia alejada mas bien de mi persona.
Hasta me dejaría cortar las orejas en punta como
un toque diabólico aunque ya no se use el satanismo.
Ahora se usa el bien, la buena gente, las intenciones
sanas y el amor a algún prójimo distante.
Queda bien suspirar por los que tienen hambre sin por
eso permitirles hurgar en nuestras ollas. Queda bien recordarles
que el arroz es más sano con la cáscara
y dejarles la cáscara. Cuando lleguen las bandadas
de zombis a comer la cosecha otra va a ser la historia.
¿Por qué serán sagradas las cosechas
si están lejos del habla, de toda inteligencia?
Los gatos de la muerte defienden las cosechas con orejas
en punta y el bigote recortado dentro de la cara hecho
con chapa negra y duradera. Como el Gato Eficaz con ojos
de bolitas, con ojos de cristal tallado y reverberaciones
propias. Es terror de los pájaros, de loros y palomas.
Ahuyenta a rata y laucha. Atemoriza a liebres, comadrejas
y a todo animalejo dañino para el campo. Ahuyentara
a los zombis que avanzan desnutridos en pos de nuestras
mieses.
Si lo duda, lector, vaya sabiendo que el registro de marca
y la patente están en trámite y que es numero
10.477 el modelo industrial (de reproducción penada
por la ley).
La reproducción de estos gatos no solo esta penada
por la ley sino que es imposible. Si son pura cabeza de
ojos centelleantes moviéndose si hay viento, y
deben colocarse a 5 metros de distancia unos de otros
para mas resultado.
Cinco metros son muchos por mas eficaz que sea el minino.
Sin embargo recomiendo vivamente no plantarse en su radio
de acción: de las cabezas de aluminio anodizado
como reza el prospecto- saldrán babas invisibles
-es lo que corresponde- y se armará una trampa
para cazar hambrientos, sus únicos amores.
(pp 115 a 119)
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