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Cola
de lagartija
PRESENTACIÓN
1980, expatriación semivoluntaria en Nueva York,
vacaciones en México. Esas era mis circunstancias
cuando me asaltó una pregunta: ¿por qué
los argentinos, supuestamente tan alfabetizados, aggiornados,
actuales, pudimos caer en manos de un brujo? José
López Rega, Lopecito, el auto de libros de gualichos
y hechizos y también el gestor de la Triple A y
de todo el horror que había llevado a nuestro país
al punto donde se encontraba entonces.
La respuesta a tamaña pregunta no podía
llegar por carriles racionales. De los brumosos terrenos
míticos en los que me sumergí empezó
a manar una novela. La profecía de don Bosco: correrá
un río de sangre y después vendrán
veinte años de paz, desencadenó la trama.
El brujo no quiere la paz, el brujo quiere perpetuar el
horror, quiere el poder omnímodo. Secretamente
asesora a los militares en el gobierno, un grupo de civiles
se le enfrenta. Él ha hecho su refugio cerca de
los esteros del Iberá, él tiene tres testículos
e insiste que el del medio es su hermana embrionaria,
Estrella. Embarazar a esa hermana y tener
un hijo de sí mismo es el proyecto gracias al cual
dominará el mundo.
Titulé la novela recientemente reeditada por Planeta,
México- Cola de Lagartija, el nombre de un látigo
que se usó el siglo pasado en Corrientes para castigar
a los rebeldes. Escribirla fue una experiencia muy intensa.
Le di la palabra al Brujo para no condenarlo de antemano,
tomé la palabra de a ratos para enfrentarlo sin
demasiado éxito (los locos siempre pueden más
y mejor). No necesité hacer investigación
alguna, con los datos reales y mitológicos que
tenía sobre el ex ministro de Bienestar Social
(vaya la paradoja) me alcanzó de sobra para esta
ficción donde la megalomanía crece hasta
alcanzar proporciones de escándalo.
Otros protagonistas de nuestra historia reciente aparecen
tras claras máscaras: el Generalisísimo,
la Muerta, la Presidenta. Y sobre todo afloran las ansias
desmesuradas de eternizarse en el poder. Tema que ya empieza
a ser recurrente, mal que nos pese.
Luisa Valenzuela
FRAGMENTOS
EL UNO
Advertencia
Eso no puede escribirse
Se escribirá a pesar nuestro. El Brujo dijo alguna
vez que él hablaba con el pensamiento. Habría
que intentar darle la palabra, a ver si logramos entender
algo de todo este horror.
Es una historia demasiado dolorosa y reciente. Incomprensible.
Incontable.
Se echará mano a todos los recursos: el humor negro,
el sarcasmo, el grotesco. Se mitificará en grande,
como corresponde.
Podría ser peligroso
Peligrosísimo. Se usará la sangre
La sangre la usan ellos
Claro. Le daremos un papel protagónico. Nuestra
arma es la letra.
1981
La profecía
Correrá un
(quién pudiera alcanzarlo)
Correrá un río de sangre
(seré yo quien abra las compuertas)
río de sangre
(fluir constante de mi permanencia en ésta)
de sangre
(¡eso sí que me gusta!)
(sangre, rojo color de lo suntuoso, acompañándome
siempre, siempre para ador(n)arme)
¡basta! La conjunción copulativa me da asco
y Vendrán Veinte Años de Paz
veinte años no es nada
lo que vendrá puede ser postergado para siempre
la paz ni la menciono, es el estatismo, es lo que congela,
lo que no me concierne y no me considera.
Voy a cercenar la vieja profecía y el río
seguirá corriendo para siempre por mi obra y mi
gracia. Correrá un río de sangre al compás
de mis propios instrumentos
El acordeón
Desde mi más tierna infancia el acordeón
me despierta esta especie de hormigueo y es como si perdiera
el norte pero gano la calma. La flauta en cambio no, la
flauta me pone alerta. Y no hablemos de tambores, los
tambores son algo bien distinto y haré sonar tambores
a lo largo y a lo ancho de mi vida cuando no recurra al
bombo, cuando no recurra al bombo y eso sí que
será esplendoroso.
¿Dije a lo largo, dije a lo ancho, dije mi vida?
Qué estupidez. Uno acaba aplicando los lugares
comunes de los otros como si uno fuera igual, como si
pudiera tratarse de humanas dimensiones cuando a uno lo
impregna lo infinito, eterno, aquello que lo abarca todo
y es a la vez todo. Soy el Inmanente, soy la sal de la
vida.
Así es y no me justifico. Si nunca (otra de las
palabrejas de las que abomino) me ha justificado antes
no veo por qué habría de hacerlo ahora cuando
por fin hemos logrado con mi hermana Estrella, mi hermana
que está en mí- aceptar plenamente la grandeza.
Fue como irnos armando con arena: aceptar granito a granito
de grandeza hasta configurar este nuestro único
cuerpo. Y hoy, hechos por completo de arena, de la pura
grandeza, el tiempo ya no pasa para nos, y la barba que
me he dejado crecer es una barba digan, de profeta no
es disfraz ni ocultamiento como han insinuado algunos
de los pocos elegidos que aún tienen el enorme
privilegio de poder contemplar nuestra persona.
Vienen a consultarme.
Vienen a consultarnos, a mi hermana y a mí, aunque
todos ignoran el Secreto. Nadie nunca jamás (tralalá,
de nuevo esta engañosa medición del tiempo,
como si el tiempo contara para nosotros) me ha visto sin
ropa y por lo tanto nadie tralalá la ha visto a
ella. Salvo aquel hombre, aquel que la reconoció
y la bautizó y le dio el beso. Aquel hombre, el
ex maestro, por suerte ya no pertenece más al reino
de los vivos. Fue su/mi único beso de verdad. El
Beso.
Otras muy distintas fueron alguna vez mis enamoradas.
Todas aquellas simultáneas en rendirme homenaje.
Ahora las he erradicado de mi mundo, por osadas, por diminutas
y tenaces, las he exilado de mi mundo que remeda el de
ellas, pero mientras navego en mi isla de juncos ocurre
algunas veces que los vientos me hacen pasar no lejos
de su actual territorio y me pongo a observarlas con los
largavistas. A ellas no alcanzo a verlas diminutas y rojas
como son- pero veo sus moradas, los tacurús altos
castillos con torres y almenas y mazmorras y diminutas
celdas. Algo aprendía de ellas aunque no merecieron
mi respeto. Una única hembra mereció tamaña
distinción y esa cuando la conocí ya estaba
muerta. Menos mal. Me salvé de caer en la temporalidad
del amor o del deseo.
Las hormigas en cambio supieron de mí en vida y
me reconocieron. Yo tan tierno entonces, respondiendo
al acordeón y a las siestas. Dicen que mi madre
gritó el doble al nacer yo y después se
murió para siempre: no le quedaba otra cosa por
hacer en este mundo. Dicen que ese día fue un día
tan idéntico a los otros que nadie ni mi madre-
pudo reconocerlo y no fue para menos: desde mi nacimiento
supe del inapreciable arte de la simulación y el
mimetismo. Por eso algo más adelante mi cuna fue
un cajón de frutas colgado de una rama y yo fui
la flor Milhombres durante largos días. Amarillo
dorado con pintitas rojas, yo fui la flor Milhombres mientras
los no iluminados hablaban de sarampión y me daban
brebajes.
Harina con agua. Mi madrina preparaba fideos, hacia guiso
carrero y no más lo deglutía y digería.
Venían después unas siestas muy largas,
aplastantes, y yo con dos años apenas cuando el
tiempo para mí era aún mensurable solía
escaparle a esas siestas y al sonido tan triste del acordeón
en las cocinas casí como un lamento- y me iba por
el lado de la risa. La tierra crujiente reseca por el
sol agrietándose en sonrisas para mí, abriéndose
en carcajadas hasta llegar a los tacurús, esos
castillos. Y las hormigas tan diminutas, rojas, ¿por
qué tenían castillos y yo no? A mi hermana
aún no la sabia pero creo que fue mi hermana, que
habría de llamarse Estrella, la que me dio la idea.
El escozor lo sentí precisamente allí donde
ella mora. entre mis piernas- y atendiendo a ese escozor
inauguré la costumbre de instalarme en la cumbre
de los castillos. No el castillo más alto aquella
vez, todavía no alcanzaba, pero elegí uno
como hecho a mi medida y me senté sobre el castillo
y desmoroné el castillo. En realidad un hormiguero
pero fue mi primer castillo y las hormigas me reconocieron
como era lógico suponer y me cubrieron del rojo
suntuoso de ellas mismas y resplandecí y vibré
bajo el sol de la siesta. Un manto de hormigas coloradas,
el más bello que he tenido jamas, el más
vivo con antenas pulsátiles y gran estremecimiento
en cada uno de sus pliegues, sus puntadas. Intenté
más adelante repetir lo del manto vivo pero todo
lo que hasta mí llegó y sigue llegando está
ya muerto, aunque todavía tibio. El manto de serpientes
que alguien sugirió una vez lo deseché por
viscoso, inconstitucional. El primero fue un manto de
amor y de respeto: no me picó ni una sola de estas
hormigas devoradoras de hombres. Se hermanaron conmigo.
Tan lustrosas, ceñidas, austeras, ágiles,
nerviosas, sabiendo a ciencia cierta qué quieren
y, lo que es más, a quién quieren.
En mi pubertad también yo supe a quién querer.
Cuando me bajaron para siempre los testículos y
mi hermana Estrella, aún desconocida, se quejó
por primera y única vez antes de encontrar su cálido
acomodo en medio de mis dos huevos.
Manuel tiene tres pelotas, Manuel tiene tres pelotas,
chilló en cierta oportunidad el opa Eulogio y fue
lo único que chilló en su vida. Enseguida
volvió a perder el habla y recuperó su mirada
perdida de tarado. Como en aquel entonces yo todavía
no me llamaba Manuel no me importó mucho. Mas bien
lo viví como un elogio. Lo que ahora denomino el
elogio de Eulogio. El homenaje a Estrella hecho por un
opa mudo que sólo habló para señalarla.
Mi primer milagro.
Se lo conté muchas veces al Generalísimo,
variando eso sí algo el texto. Los milagros pueden
ser elásticos y el Generalís comprendía
esas cosas aunque para otras hay que reconocer que era
un poco obtuso (por eso fallé en mi ultimo intento
con él y no pude devolverlo a la vida: por su pertinaz
obcecación) (Toda la luz que quise brindarle y
él sólo la recibió en vagos resplandores.
. . ) Pero el Generalísimo es secundario, ya hablaré
de él cuando le llegue el turno. Por ahora y siempre
el turno es mío, le cederé una pizquita
cuando a mí se me antoje e o quizá cuando
Estrella lo reclame con fuerza. Ella lo amó, creo,
aunque siempre tuvo la delicadeza de tratar de ocultarlo.
Volviendo al milagro, le solía narrar al Generalís
que el Eulogio gritó
sus únicas palabras, su única emisión
humana:
El Manuel tiene aureola, el Manuel tiene aureola.
o
El Manuel es un santo, el Manuel es un santo
o, más cerca de la verdad (si eso existe, si hay
verdad excluyente):
El Manuel tiene tres... marcas en la frente.
El Generalís no perdía su tiempo en vanas
interpretaciones, solía aceptar las palabras al
pie de la letra y los hechos como se le iban presentando,
cosa que constituyó siempre su gran sabiduría.
Estrella en cambio, no. Estrella lo discute todo, lo analiza
vivisecciona e interpreta. Metafóricamente hablando,
claro está. Ella es la metáfora viva.
Estrella. La que fue descubierta por las hormigas coloradas.
Fue la única que conoció las mazmorras de
hormigas, sus túneles secretos donde maman la vida.
Yo me senté sobre el castillo de hormigas y destruí
el castillo. Ella quedó colgando dentro de las
entrañas del castillo yo me había quitado
toda la ropa en esa siesta para penetrar el mundo de castillos,
sin saberlo ya sabía que el verdadero ropaje sería
el manto pulsátil. Gracias a lo cual Estrella,
cuya existencia yo aún ignoraba, penetró
los derrumbados dominios de la hormiga y supo su secreto
y charló con la reina. Simples circunstancias que
la llevaron a ser la reina y a mí que la involucró
su dios omnipotente.
Ahora sé: las hormigas son sabias y también
temerarias o quizá viceversa o también viceversa.
Por eso mismo. La sabiduría las lleva a la temeridad,
la temeridad a la sabiduría, en cíclico
camino de vaivén ignorado por la mayoría
de los tristes mortales que le tienen terror pánico
al conocimiento y se niegan a jugarse el pellejo para
poder alcanzarlo. Ellas no. Ellas saben que para alcanzar
el conocimiento hay que pagar un precio y están
dispuestas a todo. Muchísimas se pierden en la
busca, hormigueros enteros llegan a descontrolarse y a
armar las estructuras mas insólitas, más
bellamente inútiles y fatales. Pero las hormigas
son seres inferiores: necesitan la droga. Ahora lo sé.
Aunque creo que siempre lo supe por intermedio de Estrella.
Las hormigas tienen criaderos de pulgones a los que ordenan
como si fueran vacas, se amamantan de los pulgones y se
embriagan y saben. Como bien me habré embriagado
yo, a los dos años de edad, por inconfesable vía,
y desde entonces supe. No. Todo lo contrario: las hormigas
libaron de mí y por eso no me devoraron vivo, y
desde entonces supieron. Sus castillos los tacurús
son desde entonces mucho mas enhiestos y majestuosos.
Yo soy superior. Yo no necesito drogas aunque a veces
las comparto con los otros por pura sociabilidad por no
parecer distinto. Y por mantener en funcionamiento mi
negocio: yo produzco la droga no ya por los poros sino
en forma industrial- para que también los otros
alcancen aunque sea en fugaces destellos un poco de esta
luz que me ilumina.
Para mi uso personal yo soy la droga, la droga soy yo
y las hormigas libaron de mis poros, de mis más
privados intersticios, razón por la cual siento
que no les he robado nada al construir este mi castillo
subterráneo con túneles y pasajes, puentes
y pasarelas, mazmorras y cárceles y esos respiraderos
como torrecillas que vistas desde el aire parecen un campo
de tacurús.
Puede que alguna hormiga osada, in illo tempore, haya
hecho su hogar en mi persona para dictarme, tantos años
después, la forma de los túneles y de los
respiraderos y mantenerme así fuera del alcance
de la vista de aquellos que me buscan para acabar conmigo.
Un campo de tacurús es mi castillo visto del suelo
para arriba. Del suelo para arriba se ve tan poca cosa.
. .
Tacurús sabios, tubos por los que penetra el viento
para que en todo mi laberíntico castillo suene
música. De gimiente acordeón más
que de órgano. Acordeón de las añoradas
siestas infantiles, castillo subterráneo, eólico,
milagro que muchas veces celebro bebiendo una copita del
mejor ácido fórmico.
Hablé de mi isla flotante y hablé de mi
castillo en tierra bajo tierra. Soy así de versátil
y soy dueño también de todos los paísajes.
¿Por que volví al terruño? me preguntan
los pocos que tienen acceso a mi persona y saben de los
riesgos que mi vuelta implica. Porque yo soy mi terruño,
estoy estamos, no he de olvidarla a Estrella aunque nunca
la mencione en publico- hecho de esta arena finísima
y purísima. Soy somos como el cristal: de una sola
pieza, y no me engaño.
Los otros, los que se supone son mis enemigos, no pueden
actuar sin mí y me consultan. Usando intermediarios,
dando todo tipo de rodeos, pero igual me consultan y yo
les sigo el juego: me hago el que no sé y me oculto
de esa gente del gobierno, sólo permito que emisarios
disfrazados me encuentren, me transformo y me entrego
a las metamorfosis más complejas para impedir que
me encuentren permitiendo siempre que me encuentren y
alentando los resultados. Me importa manejar los hilos
aunque nunca aparezca mi nombre en los periódicos.
He borrado mi nombre, sólo muy de vez en cuando
alguien atina a llamarme don Manuel y yo no lo estimulo
para nada, la opinión pública no me interesa
en lo más mínimo y prefiero que crean lo
que creen: que me he vuelto invisible, que me ha tragado
la tierra. Oficialmente nadie puede encontrarme, ni los
gendarmes, ni la policía de mi país, a pesar
de que una vez fueron mis colegas y conocen mis mañas,
ni Interpol ni la CIA ni el FBI ni la KGB ni ninguna de
esas siglas que fueron especialmente creadas para no encontrarme.
Soy invisible por dos razones a cual más meritoria:
sé camuflarme bajo sus propias narices
me he vuelto imprescindible para los que imparten las
órdenes.
(pp 5 a 17)
DOS
Yo, Luisa Valenzuela, juro por la presente intentar hacer
algo, meterme en lo posible, entrar de cabeza, consciente
de lo poco que se puede hacer en todo esto pero con ganas
de manejar al menos un hilito y asumir la responsabilidad
de la historia. No la historia de la humanidad sino esta
mínima historia del brujo que se me está,
yendo de las manos, acaparada por el que fue guri de la
Laguna Trim, un lugar tan preciso, cartografiado, convertido
ahora en el difuso e inhallable Reino de la Laguna Negra,
con él, el brujo, de Señor y Amo. Ya va
extendiendo sus límites y espera invadirnos a todos
después de haberme invadido a mí en mi reino,
el imaginario. Porque ahora sé que él también
esta escribiendo una novela que se superpone a ésta
y es capaz de anularla.
Un psicópata, un loco mesiánico que nos
tiene en vilo. Y un descarado de marca mayor, acabo de
recibir una invitación a su baile de máscaras
de la Luna Llena (vengan como están, les proveeremos
el disfraz al pie de la Pirámide). Mascarada para
inaugurar la tal pirámide, qué idea. No
tiene inventiva, repite los clichés, y para colmo
es lo más destructivo que se ha visto.
Hasta el punto de ocupar todo mi pensamiento. Ni hacer
mi obra puedo, ahora, ni escribirla tampoco, ni mantener
mis contactos con cierto embajador para lograr por fin
el asilo de algunos. Tendría que ocuparme sólo
de eso, un trabajo más a mi medida sin pretensiones
de salvar el país sino simple y más realistamente
a unos pocos de los muchos que corren peligro de muerte.
Si hasta estaba planeando a mi vez una fiesta en la embajada
para que muchos pudieran entrar sin problemas, y ahora
me llega esta invitación y me desubica. Aunque
un baile de máscaras... no es mala idea.
Reconozco que hay mínimos elementos que nos ¿acercan?
Hay una afinidad de voz cuando lo narro, a veces podrían
confundirse nuestras páginas. Yo trato de verlo
como él se ve pero no tanto, trato de captarle
el tono pero a veces él me lo trastorna, lo exaspera
y lo hace sonar a invento. ¿Cómo voy a poder
inventar a alguien tan despiadado? Simplemente lo narro
para que no se ignore su existencia. País de avestruces,
éste, política que solemos imitar metiendo
la cabeza en la arena, negando los peligros.
Y ahora me cae la invitación como piedra del cielo;
sobrepasa los límites, rompe todas las barreras.
Voy a tener que buscarlo a Navoni para mostrársela,
a ver que opina. Hay que hacer algo.
Llamé a su despacho donde el no va casi nunca,
claro, y le dejé el mensaje: díganle al
doctor Estévez (cualquier doctor que se mencione
allí se sabe que es Navoni) que lo espero en el
café de la Flor a las siete y media de la tarde.
E1 entenderá. Por eso estoy ahora en el café
La Opera, son las cinco y cuarenta y cinco, Navoni tendría
que haber llegado hace quince minutos y la invitación
me quema la cartera. Si hay un procedimiento policial,
ahí me encuentran un documento comprometedor y
no cuento más el cuento. ¿Qué le
digo a la cana, que estoy escribiendo la biógrafía
del brujo y que por eso él pretende congraciarse
conmigo y me invita a su fiesta? No sabemos en que posición
está o simula estar la cana respecto del brujo.
Además si van a allanar mi casa y encuentran el
manuscrito estoy lista, no creo que lo aprueben para nada.
Miro el reloj y sé que sólo puedo esperar
cinco minutos más. Es la regla y la cumplimos al
pie de la letra en gran parte por prudencia el citado
puede haber caído en una emboscada y confesar dónde
y con quién estaba de verdad citado- y en buena
parte por sentirnos protagonistas. No yo. Yo he hecho
hace tiempo un serio descubrimiento al cual me atengo:
si no se puede ser protagonista de la historia, vale entonces
la pena ser autor/a de la historia. Sólo que ahora
estoy viendo tambalear esta firme separación, mezclada
como me encuentro con la historia que estoy elaborando.
Ahí viene Navoni, por suerte. Es un alivio verlos
llegar en estos tiempos, confirmar que todavía
están vivos. También es un alivio, desgraciado
pero alivio, saberlos muertos. Lo intolerable es lo otro.
Sé que debo llamarlo Alberto aunque se llame Alfredo
y esas cosas a veces me hacen gracia y no las tomo tan
en serio como debiera. Hay que aflojar las tensiones,
me digo, conservar el humor bajo las circunstancias más
aterradoras. Alberto, Alberto, le grito entonces alborozada
y a él eso no le gusta. No llamar la atención
es la consigna, y yo como de costumbre fuera de foco.
Un hola seco y habla de cualquier otra cosa y sé
que es para ganar tiempo y hacer que la gente se olvide
de nosotros, dejándonos la máxima libertad
de comunicarnos por elevación. Alberto/Alfredo
enciende un cigarrillo, pide un café que es lo
menos conspicuo que puede pedirse en estos lares, me mira.
Me gusta como mira. Es una mirada inteligente, alerta.
Le tengo confianza porque esta alertez o como se diga
nos mantiene vivos en más de un sentido: la inminencia
del peligro que recuerda nos obliga a no bajar la guardia
ni un segundo. No podemos distraernos.
Por fin, cuando siente que todo ha vuelto a la aparente
calma de los bares céntricos donde mejor funciona
el aquinohapasadonada, Navoni levanta las cejas como para
interrogarme. Le tiendo un ejemplar del conocidísimo
semanario Dios, Patria y Hogar, casi la única publicación
que podemos leer sin miedo, y él lo toma con curiosidad.
Sabe que éste es uno de mis inofensivos golpecitos
de humor, sabe que la información vendrá,
en la revista, contaminándola.
Navoni hojea Dios, Patria y Hogar con aparente interés,
da con la gran tarjeta enviada por el brujo, se detiene
apenas unos segundos, prosigue con su interés por
tan esclarecedores artículos, pliega la revista,
se la mete como si nada en el bolsillo del saco, sigue
charlando
Se te ve muy bien ahora, ¿pensás viajar
en estos días? Sé que andabas con luna,
pero no creo que un viaje e de este tipo te haga bien;
no, decididamente no, todo lo contrario.
Por supuesto que ni sueno con ir, solo quería informarte.
Es muy raro. No sé por qué me invita; ni
tendría que estar enterado de mi existencia. Eso
me preocupa
Quizá lo que de verdad busque es que vos te enteres
bien de la suya. Existencia, me refiero. Es lo único
que le interesa. Un megalómano del tipo No importa
qué dicen de mí, lo importante es que hablen.
Es ese tipo de persona, suponiendo que se le pueda llamar
persona.
Pero ahora tengo miedo. ¿Qué hago? ¿Abandono
la biografía? Vos sabés que tengo cosas
más importantes que hacer, de todos modos
Ni se te ocurra. Si vamos a permitir que nos castren hasta
el punto de no poder escribir no digo ya publicar- más
vale suicidarse. No. Vos seguí con lo tuyo. Con
todo lo tuyo. Te voy a devolver tu propio consejo. Cierta
vez nos mandaste a tratar con cierto personaje, por eso
de la medicina homeopática, dijiste: Similia similibus
curantur, los semejantes se curan con los semejantes,
dijiste, y ahora te diré que empiezo a creer en
esas cosas. O no, mejor dicho, empiezo a creer que para
quienes creen estas fórmulas dan resultado. No
podemos desdeñarlas, no podemos desdeñar
posibilidad alguna. Vení a verlo vos también.
Falta poco para la gran noche. No sé si permitirán
tu presencia, pero te lo haré saber. Chau preciosa.
Escribí mucho.
Escribí mucho, si señor, buen consejo me
dio ese muchacho, como si una pudiera meterse así
no mas en otros pellejos cuando el propio se ha vuelto
tan incierto. Una se queda como desnuda, sin nada que
decir, de golpe, boqueando por un poco de aire. Debí
de haber ido al baile de máscaras, hay que acatar
las invitaciones que llueven de arriba y no quedarse como
yo a la expectativa, esperando el ucase para asistir a
la contrafiesta.
Un novelista no está en el mundo para hacer el
bien sino para intentar saber y transmitir lo sabido ¿o
para inventar y transmitir lo intuido? Total que no voy
a ir y quizá la fiesta de máscaras que yo
narre sea mas exacta que la real o quizás el brujo
decida escribir su propia historia de la fiesta o quizá
de alguna fuente insospechada sepamos lo que realmente
sucederá, y quizás eso resulte lo menos
informativo de todo.
A cada invitado, a medida que llega, se le irá
entregando una máscara de terracota con rostro
de animal, algo a mitad de camino entre la repulsión
y la belleza. Un desfile satánico. Y después,
mucho después, vendrá la verdadera orgía.
Entonces se repartirán garrotes entre los invitados
y al ritmo de los timbales empezará la danza. No
un baile cualquiera, no: un baile con finalidades destructivas.
Cada invitado con su garrote deberá romper al menos
una máscara de barro como si fuera una tinaja,
y como la máscara va colocada sobre el rostro del
otro quién sabe quién le rompe la máscara
a quién y con suerte la cara y ahí no más
empiezan las represalias.
Faltan varias noches para la aparición de la redonda
luna, y yo ya imagino esta danza de las furias mientras
se está con la máscara puesta. Después
de rota no sólo queda el gran desenmascaramiento;
queda también, agazapado, el anhelo de venganza.
Me distraigo en imaginaciones maléficas, insufladas
seguro por el que ya sabemos, mientras espero la otra
invitación para la danza más sincera, la
contradanza de mis gentes de Umbanda.
(pp137 a 144)
De haber crepado el brujo me quedaba sin novela. Pero
qué alivio hubiera sido, qué alivio.
Ahora puedo seguir escribiendo es decir puedo seguir desatendiendo
sin demasiada culpa mis otros compromisos, atendiendo
tan sólo a como dé lugar las prioridades
más perentorias. Aunque no quisiera jugarla de
pato y meterme en el agua sin mojarme. Una vez en el baile
bailaré, si puedo, hasta donde me dé el
cuero.
Ayer fui a verlo al embajador. Parece que por fin podrá
brindarle asilo a la pareja de abogados que le recomendé.
Menos mal, los pobres ya estaban a punto de caer en las
garras de la cana. Y este embajador, qué tipo interesante.
Otra historia que debería estar escribiendo, yo.
Me pregunto por que se me enredan tanto la realidad y
la ficción, o al menos la escritura por qué
no puedo mantenerlas separadas. Todo se me mezcla, se
me mezclan los hilos, se me envuelven alrededor de las
patas y me traban. Me gusta el embajador y también
eso se me mezcla, para qué meter asuntos más
o menos sentimentales en situaciones que son de vida o
muerte. Como si lo sentimental no fuera también
de vida o muerte, o mejor dicho un optar por la vida cuando
todo está tan al borde de lo otro.
Volviendo a nuestro brujo debo decir que ha recuperado
la consciencia o como se llame en semejante caso- y con
ella todo su poder de destrucción y por lo tanto
ha vuelto a las andadas. Y yo tengo que seguir narrando
lo que sé o lo que creo saber al respecto a pesar
de que el siempre me llevará ventaja porque no
sólo sabe más sino que inventa mejor. El
muy maldito.
Por eso mismo he decidido sin más vacilaciones
deshacerme del diablito de hierro y demás parafernalia
mágica, siguiendo los sanos consejos de mi guía.
El diablito con su tridente y su lanza, Eshú y
sus ferramentos, tan de sonrisa encantadora, tan seductor
con sus cuernos metálicos en punta y su pito casi
horizontal. ¿Casi horizontal, el pito de Eshú?
Si, señora. El caballero que tuvo a bien obsequiármelo
consideró que no era homenaje para una dama, no,
eso de traerle especialmente de San Salvador de Bahía
un Eshú de pito caído, en ángulo
recto mejor dicho, pito apuntando el suelo. Así
son todas las representaciones metálicas de Eshú,
hay que reconocerlo, pero el mío no porque mi caballero
andante intentó modificarlo, enderezarle el sexo,
ponerlo en erección, como quien dice. Pero esa
es otra historia.
La historia de ahora puede ser encerrada en una bolsa
de papel. Ahí voy metiendo por lo tanto al Eshú
(chau, cariño), los collares de peyote del mercado
de Sonora, unos milagritos del mercado de brujas de La
Paz en la calle Linares, los amuletos para el amor (por
la suerte que me trajeron) y para el dinero (lo mismo
digo) y un par de figas, un ajo macho con cintas rojas,
unos ojos de venado (semillas). Estas otras semillas que
me regaló el embajador no van incluidas. Son los
tomates de mar, una es hembra y la otra es macho y puestas
en un vaso de agua la hembra flota y el macho se hunde,
cosa que suele sucederle a los machos en un vaso de agua.
Talismanes amuletos maleficios milagritos diablo y sus
armamentos collares de dudosa procedencia calaveritas
de azúcar, todo en una bolsa de papel y en otra
la botella de aguardiente seco que hube de comprar para
esta solemne ocasión.
Mi amiga Julia tan perfecta y puntual vendrá a
buscarme a las seis menos cuarto de la tarde para llevarme
a cumplir mi cometido. El viernes antes de la puesta del
sol ¿me entiendes bien hija mía? antes de
la caída de la noche, durante el crepúsculo.
Llevas tu diablito y demás elementos de magia a
un bosque y los ocultas entre los matorrales. Después
tomas una botella de aguardiente y vuelcas la mitad haciendo
un círculo alrededor de la ofrenda. Y dejas la
botella abierta allí mismo, diciendo todo el tiempo
que esto lo haces para pagar por la imprudencia de haber
albergado elementos maléficos en tu casa. ¿Me
entiendes?
Fueron esas las directivas y tan bien las entendí
que ya llega Julia y nos embarcamos en su coche camino
a los bosques del aeropuerto, los únicos que hay
por las inmediaciones.
Después de media hora de viaje, cuando la carretera
está a punto de ingresar en los peligrosos terrenos
custodiados del aeropuerto internacional, tomamos una
simpática curva a la derecha y enfilamos por una
ruta que seguro se internará en el bosque. El sol
ya está bien bajo y unos tímidos tonitos
sonrosados empiezan a invadir el cielo cuando de golpe
el coche pega un cimbronazo. Una luz roja se enciende
en el tablero
No puede ser dice Julia- parece que se rompió la
correa del ventilador. Pero si estaba recién cambiada
Y yo suspiro y me acuerdo de la segunda parte de la historia
del Eshú, las palabras de Christian, mi caballero
andante, capitán de ultramar, cuando me lo dio:
a una bella mujer no se le puede traer de regalo un diablito
falicaído, por eso le pedí al jefe de máquinas
del barco que se lo enderezara a éste, que le orientara
el falo como corresponde. A1 jefe le encantó la
idea y se fue muerto de risa a la fragua para darle martillazos
al pito y ponerlo en su lugar. Yo me volví al puente
y ahí estaba cuando de golpe el barco corcoveó
como si hubiéramos encallado y el jefe de máquinas
apareció hecho una furia: Tomá, me gritó,
llevate tu diablo de mierda, me hizo explotar la caldera
auxiliar que funcionaba a la perfección, yo mismo
acababa de controlar los manómetros. Y me devolvió
el Eshú y no quiso saber nada, así que acá
lo tenés, a media asta como quien dice pero la
intención es lo que vale ¿no?
No me decido a contarle esta parte de la historia a Julia
para no desanimarla del todo. Abro en cambio la puerta
del coche resuelta a Deshacerme lo antes posible de esa
malhadada carga. Pongo un pie en tierra y me detengo en
seco. Justo allí, sobre mi cabeza, amenazante como
estas advertencias pueden serlo bajo estas circunstancias,
un enormísimo cartel con la oscura silueta de un
soldado que me apunta con su rifle. Y el aviso debajo
ZONA MILITAR
NO ESTACIONAR NI DETENERSE
Y el sol, atento a la consigna, no se estaciona ni detiene.
Sigue implacable su camino horizonte abajo, pronto va
a desaparecer y ya va a ser demasiado tarde para nosotras.
(pp 159 a 163)
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