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La travesía de las palabras Cecilia Sívori Por LEA

La travesía de las palabras

Luisa Valenzuela es una mujer que disfruta cada palabra que dice o escribe, que no habla porque sí ni cuenta por contar. Es consciente del poder del lenguaje, por eso conversar con ella es un ejercicio que invita a escuchar y pensar.
En su última novela, La Travesía, cuenta la historia de una antropóloga que debe enfrentarse
a su pasado como única vía para resolver su presente y edificar su futuro. Allí, la autora traza un detallado recorrido por la vida de la protagonista: sus amores, amistades, deseos y frustraciones a lo largo de varios años.
LEA visitó a la escritora en su casa, una antigua fábrica que ahora es su lugar en el mundo, un espacio que lleva su marca personal y del cual se muestra orgullosa.
¿Cómo nació el personaje principal de La Travesía, una mujer que vive sometida al deseo de los demás?
Nació por parto natural, sin siquiera darme cuenta. Algo de mí habrá en ella, pero poco. De todos modos, no creo la protagonista que viva sometida. De muy joven acató una orden erótica de su marido secreto y le envió una serie de cartas digamos pornográficas a cambio de la libertad de recorrer el mundo. Pero eran un engaño, como la novela misma: no cuentan experiencias reales sino inventadas. Veinte años después, ya exitosa en su carrera de antropóloga, la protagonista ni quiere acordarse de las cartas que se le aparecen como el célebre retorno de lo reprimido.
Empieza entonces la lenta travesía de autoreconocimiento, un viaje hacia el propio horror y el propio deseo. La luz y la sombra, donde el aparente sometimiento puede muy bien ser una forma tangencial de acceso al propio deseo. Lo difícil es la aceptación tanto del deseo como del engaño. Si su marido-amante le pidió que fuera al puerto a prostituirse para después contarle, ella le contó sin ir, mintió, desobedeció pero respondió a la orden. Puso palabras donde no puso actos, y más tarde las cartas continuarían la mentira pero también la exploración de los peligros. Porque la narración la acercó si saberlo a sus zonas más oscuras, y a mí me interesa justamente explorar qué pasa con la palabra. No es la puesta en acto de lo prohibido sino su narración -y el rechazo de esa narración- lo que aquí importa.
En cierta medida, la narración es -en este caso- más fuerte que el acto en sí
Sí, y es más interesante porque la narración queda y el acto pasa. La protagonista escribió las cartas y se metió de cabeza en una narrativa que la involucra aunque ella se crea al margen. Por eso mismo la trama de la novela la va atrapando hasta obligarla a tomar conciencia.
En la novela está muy presente la búsqueda y recuperación de la memoria, tanto de la personal como de la colectiva
Ambas van juntas, porque quien se cierra a una forma de memoria no puede abrirse a la otra. Una sociedad sólo se cura cuando reconoce sus zonas más oscuras y las saca a relucir. Pero no podemos pretender que la sociedad en que vivimos reconozca sus horrores, sus errores, si sus miembros no admiten los propios. No hay pero ciego que el que no quiere ver, es bien sabido.
¿Esto tiene que ver con lo que nos pasa a los argentinos, con esa necesidad de recuperar nuestra memoria para que los errores no vuelvan a repetirse?
Sí, porque borrar el olvido voluntario tiene siempre efectos curativos. Con todos los problemas que estamos viviendo, pienso que éste es un momento positivo para el futuro del país: tantos cosas están saliendo a luz y empiezan a ser explicadas. La sociedad se va a curar porque estamos empezando a mirar la realidad de frente, deponiendo el afán triunfalista para permitir que se vayan develando los secretos vergonzosos.
¿Develar secretos es también una función de la literatura?
No necesariamente develarlos, pero sí ayudar a acercarse a los secretos. La literatura puede servir para no tener miedo a descorrer velos, para intentar ir más allá del secreto. Yo creo que mi apuesta literaria apunta a tratar de entender atando cabos sueltos.
Su último libro de ensayos se titula Peligrosas Palabras ¿cree que el lenguaje es peligroso?
Por supuesto A través del lenguaje se puede someter y manipular al otro. Yo tengo una atracción muy fuerte por el peligro y, por lo tanto, por las palabras. Por eso las manejo como si estuviera trabajando con material explosivo, lo hago con la mayor responsabilidad y cuidado.
La primera sección de La Travesía se llama La pesca del deseo, y justamente la caza de deseos es un tópico constante en sus libros, ¿toda su obra está orientada a pescar algún deseo?
Sí, toda buena escritura circula en pos del deseo. No escribimos sólo para contar una historia, sino para alcanzar algo que está más allá de lo que puede ser dicho. Y el deseo es algo que siempre está más allá, y se escapa, y nos obliga a llegar lejos persiguiéndolo.
¿Escribe siempre desde alguna idea ya preconcebida o deja que la sorprendan las historias a medida que va creando sus obras?
Ideas preconcebidas, nunca. Quizá alguna pregunta, una punta de iceberg que asoma por ahí. Tirando de ese hilo empiezan a surgir las ideas y los personajes, empieza a esbozarse una situación. En el caso de mi última novela, me interesó la confluencia de lo real y lo ficticio e intenté escribir una autobiografía apócrifa que después pasé a la tercera persona. Siempre fui en contra de la corriente, casi todo el mundo empieza escribiendo desde lo autobiográfico y va de dentro hacia fuera, yo en cambio hice el camino inverso. Recién después de cuarenta años me estoy acercando a algo parecido a lo autobiográfico, aunque sólo en la periferia. La protagonista es inventada, los personajes que la rodean están robados de mi realidad. Todo escritor es ladrón, por antonomasia. He ahí el atractivo de escribir. Se roba de la propia experiencia, se roba del entorno. En el caso de La Travesía lo hice a conciencia: me calé un antifaz y salí a asaltar el camino de mis amistades más originales, las más creativas y lúcidas. Dejé nombres y apellidos y respeté sus creaciones. El resto corre por mi cuenta. Eso es la ficción.