Silvia Hopenhayn Para LA NACION
Miércoles 21 de julio de 2010 | Publicado en edición impresa
Luisa Valenzuela pone la lengua sobre el tapete. Toda la carne en el asador. Se juega en lo dicho, juega con el decir. Jugoso es el sentido de su letra. En el susurro, en el silencio, en el grito. Su nueva novela, El mañana, es un verdadero thriller del lenguaje. El enigma se encuentra, precisamente, en la escritura de una mujer.
La protagonista, Elisa Algañaraz (tierno y gracioso anagrama de "garza isleña"), es una mezcla de Alicia, por su indagación semántica, punzante y risueña; Juana Azurduy, por su lucha, y Joseph K, por su vida enmarañada. El proceso, en este caso, es lo que se escribe. Más que un proceso, de lo que se trata es de un secuestro. El secuestro de las que escriben. De las dieciocho mujeres que se juntan a narrar y rozan lo indecible. O más bien, se dejan llevar por lo que no saben y entonces escriben. Y descubren algo que tiene la cualidad de un secreto. Un secreto fundamental. Por eso son perseguidas y encerradas en un barco, tildadas de terroristas de la palabra.
Pero portar un secreto no implica conocerlo.
Las cosas se complican. Elisa se enamora de quien la ayuda a escapar. Comienza un periplo donde las puertas son verdaderos umbrales.
Como bien dice la narradora: "En cada ser humano hay un fundamentalista que dormita, y hay una mujer, y son opuestos". En esta novela están todos despiertos, por eso es un thriller. El peligro está en las palabras. Hay que tener cuidado. Todo puede ser leído. Cualquiera puede ser visto. No es lo mismo huir (del hogar materno, de El mañana, de Alcatraz, de un piso 13), que zarpar. Zarpar es soltar amarras. Desamarrarse. Para eso hay que haber estado atado. Es como el no saber que proviene del saber (el "sólo sé que no sé nada"). El fundamentalista, por serlo, es incapaz de alcanzar ese saber, que proviene "de la sorprendente magnificencia de estar vivo". No necesariamente es un saber que se posee, puede ser una certidumbre pasajera, muy propia de los personajes de Valenzuela, que suelen gozar hasta con lo que olvidan. "Lo que supe en mi noche de pasión ahora lo olvido, pero el solo saber haber sabido me ilumina el alma."
Saber haber sabido. En El mañana, las escritoras tutelan, a muerte, el secreto que ellas mismas han olvidado. El secreto de un nombre. Es hermoso cómo defienden el nombre. En algún momento dado se dice que ésta es la historia de un vaciamiento y de lo que se resiste al vacío: el nombre. La propuesta es "vaciar el contenido pulmonar y mental para exhalar el soplo, que es el nombre". De allí que algunos personajes se desdoblen para no ser secuestrados. Cambian su nombre para no perderlo. Aparecen simetrías (figura tan presente en otros libros de la autora) que confunden a los victimarios. Los nombres se escapan. Y lo que no se nombra no existe.
En esta novela de suspenso, Valenzuela hace zarpar la nave en busca del tesoro de la lengua. Y lo encuentra. |