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"Estrambote": Simetrías / Cuentos completos y uno más


Densidad de la palabra
Simetrías
Por Luisa Valenzuela
(Sudamericana)


Luisa Valenzuela es hija de Luisa Mercedes Levinson. El lector dirá: “De casta le viene al galgo”, pero, para seguir con refranes, “Algo va de Pedro a Pedro”, y de Luisa a Luisa. La capacidad imaginativa sí la hereda, pero no su modalidad. Literariamente, Luisa no es hija de su madre, de la que se distingue con perfil propio, delineado por media docena de novelas y otra de libros de cuentos. Simetrías organiza sus piezas en cuatro secciones y un texto contrapuntístico, solitario y final, que bautiza el libro. Significativamente, cada una de esas partes revela rasgos definitorios de su narrativa, más perceptibles en textos breves como éstos, que en los novelísticos, en mi estimación, menos logrados.
“Cortes” reúne piezas que no siempre desarrollan una historia, sino que proponen una situación de escasa acción con final sorpresivo o de giro brusco, como en “Tango” o “El zurcidor invisible”. Una de sus preferencias es tensar una escena hasta lo intolerable, por ejemplo, en “El café quieto”, convirtiéndolo en una breve imagen del infierno del tedio. LV es diestra en potenciar como resorte oprimido gradualmente- situaciones estrechas, adensándolas en espacio acotado y tornándolas en ombligos de un pequeño mundo que gira en torno de ellas. Sabe hacer virtud de la limitación.
La segunda sección, “Tormentas” sale del ámbito corriente y le hace sitio a lo extraño. “El deseo hace subir las aguas” muestra a una recién casada que enfurece y clama porque su habitación del hotel veneciano, en que ha de pasar la luna de miel, no da a uno de los canales umbrosos. El despertar del día siguiente muestra que las aguas, como a su conjunto, han inundado la pieza y la ciudad toda. Esto es una imagen de otro de los rasgos que identifican la narrativa de LV: en ella siempre hay elementos invasores, inundatorios, que desbordan los lindes y rompen los límites; elementos que laten tras lo visible cotidiano hasta que afloran aluvionales. “El protector de tempestades” está compuesto según la misma técnica con que Borges entreteje dos historias con un punto en común, el fluir de un río continuo, o, ya no el agua, su opuesto, el incendio en “Todos los fuegos, el fuego” de Cortázar. Aquí, todas las tormentas, la tormenta, en las confidencias de dos mujeres. La sección tercera, “Mesianismos”, alude en su nombre al surgimiento de aparentes redenciones. “Transparencia” es el nuevo mensaje de la creación de El Club, donde cada uno diga lo que realmente piensa. El humor se insinúa en los comentarios: la diplomacia, la política y la literatura quedan excluidos, por no llamar al pan, pan y al vino, vino. La voz que expone el proyecto nos depara una revelación: “Ya no tendrán que llamarme Dios. Ni siquiera Presidente del Club...” En otro relato, “La risa del amo que es el Bajísimo- pone en escena un rito satánico que consume en llamas a sus mismos celebrantes. Por último, la pieza más siniestra de la colección: “El enviado”, los sobrevivientes de la catástrofe aérea son rescatados, pero empiezan a morir languideciendo. Sólo uno se recupera. Cuando su padre advierte que sufre “síndrome de abstinencia”, incorpora a sus comidas un trocito de carne humana. La rehabilitación se transforma en liturgia y en macabra comunión, para satisfacer la cual comienzan a matar hombres. El vocabulario religioso se infiltra en esta pieza, confundiendo los planos e instaurando la ambigüedad.
La sección final, “Cuentos de Hades” (y de hadas, a medias) es la de imaginación más creativa del volumen pese a que, paradójicamente, se apoya en los relatos feéricos tradicionales. Continúa un juego de variantes que han ejecutado entre nosotros Anderson Imbert, Denevi y Ana María Shúa en Casa de geishas. Las piezas de esta línea de LV están transidas de cierta vibración maligna (un personaje es Brhaada: bruja más hada). “No se detiene el progreso” es una versión sabrosa de la Bella Durmiente y “La llave”, de Barbazul. Recomiendo particularmente dos de estos relatos. “La densidad de las palabras”, excelente aprovechamiento de un lugar común expresivo: “echar por la boca sapos y culebras”. Es un símbolo sugerente del oficio del escritor y una imagen de la dinámica imaginativa de LV. La otra pieza, “Avatares”, enlaza los destinos y entreteje los nombres de sus dos protagonistas: Blancacienta y Ceninieves. Si para los griegos era doloroso, para el lector se tornará gozoso este descenso al Hades de la mano experta de Luisa Valenzuela: Perséfone in tenebras. (191 páginas.)


Pedro Luis Barcia
La Nación. Cultura
3 de febrero de 1994


Simetrías
Por Luisa Valenzuela
Editorial Sudamericana, Buenos Aires. 170 páginas.

Para Luisa Valenzuela, escritora argentina contemporánea, cada cuento es una aventura en dos niveles: el temático y el técnico. No es difícil imaginarla ante el embrión de una idea, pensando cuánto más puede exigirle, hasta dónde puede llegar para decirle a su cómplice, el lector, nada más que lo indispensable.
Su nuevo volumen contiene diecinueve cuentos agrupados en cinco temas: “Cortes”, “Tormentas”, “Mesianismos”, “Cuentos de Hades” y “Simetrías”.
En el primer grupo utilizó la polisemia de la palabra "corte" en sentido literal y figurado. Por ejemplo los cortes del "Tango"; cortar el cordón umbilical ("Cuchillo y madre"), o como sinónimo de apuñalar en "El zurcidor invisible", entre otros. Son cuentos realistas que penetran en la psicología femenina.
Las tormentas del segundo grupo transcurren en Venecia ("El deseo hace subir las aguas"), en Punta del Este o en Nicaragua ( "El protector de tempestades "), pero lo importante se encrespa en la interioridad de las parejas protagónicas. La tensión erótica se une a la tensión narrativa mediante una estructura siempre interesante.
De los cuentos mesiánicos preferimos "Transparencias", el monólogo de Dios reorganizando la Tierra sobre la base de un lenguaje sin ambigüedades ni doble sentido. Si bien en la mayoría de los cuentos aparecen los juegos con el lenguaje, creemos que es en éste donde logra una mayor originalidad.
Lo que parece una errata en el subtítulo de "Cuentos de Hades", es una forma muy sutil de dar a entender que en ellos se distorsiona, deforma, cambia el sentido de los cuentos originales. Los personajes confunden y mezclan sus roles arrastrando la acción hacia senderos desconocidos: Caperucita, el lobo y la abuelita, Blancacienta y Ceninieves, Brhada mezcla de bruja y hada- una Bella Durmiente de pinceladas tan surrealistas como una pintura de Max Ernst ("de sus gráciles brazos van creciendo poco a poco unos zarcillos viscosos"). Príncipes y princesas narran sorprendiéndonos con la a veces dramática intromisión de elementos de la realidad.
En el último cuento, el que da nombre al libro, dos historias corren entrelazadas: un mono enamorado de la mujer de un coronel y otro coronel enamorado de una guerrillera a la que tortura. La simetría entre ambas historias se va ajustando hacia el irónico y salvaje final.
La novelista de Hay que sonreír, Como en la guerra, El gato eficaz, Cola de Lagartija, Realidad nacional desde la cama y Novela negra con argentinos; la cuentista de Los heréticos, Aquí pasan cosas raras, Libro que no muerde, Cambio de armas y Donde viven las águilas narra con un estilo fuerte y despojado de adornos. Aunque a veces, pocas, hace sonreír con un humor explícito como el de "Estrambote", es más frecuente que el humor corra disimulado, irónico, ácido, tan inquietante como lo son sus tramas y sus personajes.


Irene Ferrari
La Prensa, 28 de noviembre de 1993.



FRAGMENTOS: Simetrias

Vivo a la vera del bosque, cosa que suena dulcemente bucólica pero en este caso es a más no poder urbana. Aunque fronteriza. Vivo en la frontera de lo que en otras ciudades se llamaría el bosque central, aquí apenas central en tres de los cuatro costados. En el cuarto el bosque delimita con la nada, es decir con ese río tan vasto que no deja ver la otra orilla.
Ahí vivo por elección. Me gusta. Y quiera aprovecharlo al máximo, para lo cual tengo perro que disfruta de cada árbol y de todo centímetro de tierra y no deja de husmear cada rincón y de marcar territorio como si fuera propio. Y por consecuencia, mío. Se me podría acusar de apropiación por vía del meo canino, si no fuera que somos muchos los que por acá paseamos o nos dejamos pasear por estos cuadrúpedos afables, los mejores amigos del hombre, como dicen. Los mejores amigos de la mujer, también, que buena compañía me brinda este bastardo.
Su certificado de vacuna antirrábica afirma: de raza mestizo. Gran cosa. Y le digo a los que preguntan la estúpida pregunta que se trata de una raza peruana (y perruna, naturalmente). Raza llamada cuzco, y el que quiere entender que entienda.
Se trata de un cuzco negro, simpático, cachorrón, efusivo, al que en la intimidad del hogar llamo el Supergroncho. En la calle responde cuando se le da la gana al más culto apelativo de Sombra. Sí, es macho, vuelvo a aclarar como tantas veces en la calle. Sombra es el apellido. Lo llamamos por su apellido, como don Segundo (Sombra). Su primer nombre es a veces Nelson y a veces Angel, pero no usamos ni el uno ni el otro: Nelson en homenaje a Mandela, y Angel porque en algún lado leí que la manchita blanca que lucen ciertos perros negros es la marca del ángel. Este lleva a su ángel en el medio del pecho como una afirmación, breve pero rotunda.
Es un cuzco mediano, peludito, orejita parada y cola mohawk algo cursi. Animal muy poco intimidante. Y sin embargo, la otra noche vivió su hora de gloria.
Habrá que tenerle más respeto.
Cuando se eriza tiene algo de hienita negra. Chiquita, para hiena.
Era bien tarde cuando salimos con mi amigo a pasearlo entre los árboles. Y ahí no más, a la vuelta de casa, a metros del asfalto, le conocí el calibre. De mi amigo no puedo decir lo mismo.
En la noche de marras un hombre apareció de golpe, un tipo que dejó a sus espaldas lo que podríamos llamar la civilización y empezó a internarse en el bosque (urbano). El perro que no entiende de fronteras se le fue al humo, quizá queriendo defender a su caperucita (yo) de ese enemigo lobo. Se le fue al humo y lo chumbó a prudencial distancia y el hombre desatendiendo las sabias recomendaciones en semejante circunstancia desdichada no supo quedarse quieto y se empezó a sacudir, nervioso, sin saber hacia dónde enfilar.
No se mueva- le recomendé mientras me iba acercando. No se mueva, es cachorro, no le va a hacer nada.
E1 tipo no estaba para sensateces y, como en corrido mexicano, echó mano a la cintura y una pistola sacó. Revólver o pistola de muy buen tamaño, debo reconocer, aunque desconozco detalles de balística.
Agarre al perro o lo mato me dijo el tipo. Le creí. Le creí y por esos pasmosos milagros de la mente humana en la cual no puede una confiar en absoluto, no sentí ni una pizca de miedo, imprudente de mí. En el bosque aunque bastante cerca de la orilla. En ese descampado a las dos de la mañana sin un alma (¿y mi amigo?), sola sí con perro que le ladraba. Al otro. Perro chumbándole al chumbo. Incontenible.
Me acerqué parsimoniosamente para no alarmar a la dupla canhombre que, revólver por medio como un hiato, como la célebre barra entre significado y significante, formaban un todo.
Estas sesudas reflexiones no las tuve entonces. Apenas a duras penas las tengo ahora, ya lejos de toda amenaza.
Entonces tuve otra impensada salida que ahora no tildo de sesuda, sino de suicida. Porque fue sujetar al can (parsimoniosamente, ya lo he dicho), levantar la vista y tras fija observación del amenazado amenazador, exclamar con tono liviano:
¿Qué hacés vos tan joven con un revólver?
Frase que ahora me suena y sé que estoy en lo cierto- a lo más insensato de la tierra.
Pero en aquel momento, del alma, del más recóndito rincón donde se agazapan las exclamaciones que acabarán por perdernos, me salió la antológica frase: ¿Qué hacés vos?, etcétera.
Tengo colección de ésas. En otra oportunidad exclamé Soy una señora grande, cuando me quiso violar o algo parecido un colectivero despistado. Pero ésa es otra historia. Qué hacés vos tan joven con un revólver es la frase que hoy nos preocupa. A mí y a mi perro. Porque lo que es a mi interlocutor de aquella noche, la pregunta le resultó lo suficientemente lógica dadas las circunstancias como para contestarla
Soy policía me dijo.
Y logró despertar mis iras que hasta ese instante estaban dormitando a la deriva.
Policía, mascullé entre dientes, tenerle miedo a este cuzquito, vergüenza debiera darle, cagón, y pensar que pacíficas ciudadanas como una esperan que nos defiendan, policía, cagón, y para colmo prepotente.
Reflexiones sensatas todas ellas generadas por las circunstancias pero afortunadamente masculladas, espero, como ya estipulé, masculladas entre dientes, cargadas de veneno, sopladas con asco pero con cierta contención y medida mientras en el fondo del jardín, mi fornido acompañante y amigo se hacía el oso.
Acerqueme entonces a él y díjele Vayamos a la comisaria.
¿A la comisaría? Estás loca. Vos sabés en qué país estamos, mujer, la cana puede ser peor que los chorros.
Ese tipo tenia un chumbo.
¿Y qué? ¿Te vas a arriesgar por eso? Lo menos que te puede pasar es perder el tiempo, que te tengan ahí horas y horas para tomarte la denuncia. Lo más, no sabemos. Y de todos modos, si él es cana, ¿qué vas a lograr denunciándolo?
Nada. Lo voy a humillar, eso, lo voy a humillar. Imaginate, tenerle miedo a este cuzquito de morondanga.
En el camino, entre protestas, mi amigo me contó la historia de la mujer que oyó ruidos en su casa de campo y espió por la ventana y vio a alguien intentando robarle la bomba de agua. Puso a funcionar la bomba. El tipo huyó. A la mañana siguiente, en la correa del motor encontró un dedo cercenado. Y más tarde encontró el complemento: desde la puerta de la comisaría donde había ido a hacer la denuncia vio, a tiempo, al joven cabo con la mano vendada y la venda ensangrentada. Pudo huir, si huir es en este caso la palabra.
Digamos que escuché la historia con media oreja. Mi obsesión de humillar al maldito era más fuerte que toda sensatez. Y también mi miedo ¿qué hacía un hombre armado paseándose tranquilamente a la vera de mi hogar? Tenía una pregunta en la punta de la lengua.
¿Tienen ustedes personal de civil patrullando la zona? formulé en tono digno al llegar a destino.
No me contestaron los azules con igual dignidad. En absoluto.
Y entonces me largué a narrar la vicisitud canina escamoteando el detalle de mis balbuceos indignados. Yo sabía, dije muy ufana, recalcando la rima. Yo sabía que no podía ser policía. ¡Tenerle miedo a un cuzquito de este porte!, me indigné para que no quedaran dudas del porte del cuzquito ni del indigno coraje del hombre armado.
Los azules resultaron bastante bonachones, debo admitir. Lo miraron a Sombra, sonrieron, me dejaron progresar en mi diatriba, llamaron a un tercero.
Soy el subcomisario Fulano dijo el tercero. En qué puedo servirla dijo.
De civil ese tercero pero de porte imponente.
Bueno le dije, soy le dije, vecina de la zona, y me pasó tal y tal cosa y yo sabía que no podía ser policía de civil como dijo porque claro, asustarse, ¿vio?, de este tierno animalito tan poco intimidante, bla, bla.
¿Cómo era el sujeto?
Era así, y asá, delgado, con bigote. Y cobarde. ¿Cómo puede ser que ande esa gente armada suelta por mi barrio?
Hay personal de civil custodiando el hipódromo.
Está lejos, el hipódromo.
Sí, pero los muchachos se distraen mirando los autos estacionados en el bosque...
Con parejas (no lo dijo). Se distraen (dijo). Cómo (no lo dijo). Y yo juro que no para vengarme, más bien para hacerme la que no registraba esa frase tan cargada de significados inquietantes, y yo entonces quise dar vuelta al mostrador tras el cual se escudaba el subco y mostrarle de cerca al cuzco con ánimo de desprestigiar para siempre a su atacante.
Ni un guardia del hipo... empecé a decir, minimizando a mi humilde perrito.
¡No se acerque! casi gritó el subcomisario.
¿No se acerque? Lo miré, interrogante, azorada. Espantada, más bien.
Soy alérgico, aclaró el subcomisario, tarde.
Salimos medio corriendo de la comisaría, con mi amigo, porque no pudimos contener más las carcajadas. Y nos reímos por cuadras y cuadras en medio de la noche, hasta que por fin descubrí el motivo que me había llevado hasta la comisaría, arriesgando no digo mi libertad pero sí mi tiempo y aun, quizá, mi tranquilidad de espíritu.
Había ido, sencillamente, para conseguirle un final a esta historia. O más bien un estrambote.