|
volver
"Cuarta
versión": Cambio de armas
/ Cuentos completos y uno más
Para deslindar territorios
Cambio de armas de Luisa Valenzuela
El prestigio y la fama hacen que por lo general los escritores
se conviertan en cautos administradores de la publicidad
de sus afectos y elogios. Sin embargo Julio Cortázar
frecuentemente alaba la obra de otros escritores. Después
de leer Cambio de armas de Luisa Valenzuela se entiende
por qué Cortázar se refiere a su compatriota
en estos términos "...Luisa Valenzuela avanza
a lo largo de varios libros que marcan lúcidamente
un derrotero poco frecuente, el de una mujer profundamente
anclada en su condición, consciente de discriminaciones
todavía horribles en nuestro continente y a la
vez llena de una alegría de vida que la lleva a
superar las etapas primarias de la protesta o la supervaloración
de su sexo para colocarse en un perfecto pie de igualdad
con cualquier literatura masculina o no". Esa actitud
es en parte la misma que adoptan las protagonistas de
los cinco relatos reunidos en Cambio de armas, el último
libro de la escritora argentina residente en Nueva York.
La realidad amenazadora que circunda a estas mujeres llenas
de amor no pertenece al mundo fantástico o metafísico,
puesto que Valenzuela, como en otras ocasiones, describe
al mundo real, en este caso con dictadura militar y todo.
Lo notable de su realismo es que no necesita abrumar al
lector con un discurso para ubicarlo en la geografía
o historicidad de sus personajes. La intensidad de los
sentimientos vividos por las protagonistas y una que otra
alusión al alucinante mundo de perseguidores y
perseguidos (policías y activistas políticos)
delatan su pertenencia a una sociedad muy específica.
"Cuarta versión", el primer relato, es
de los cinco quizás el más previsible temáticamente
pero el más novedoso estilísticamente. Son
varias las voces que dan cuenta del desarrollo de los
acontecimientos y de la revelación de los sentimientos.
Inclusive hay una distinción tipográfica
entre la voz de la narradora anónima y la de la
protagonista. Por momentos la narradora anuncia acciones
que la protagonista se resistirá a concretar y
es por eso que el lector recibe la "Cuarta versión"
para leer.
El único relato donde el terror policial no acecha
es "La palabra asesino" protagonizada por Ella
y El. Suficiente información para vehiculizar tanto
deseo como temor y por fin una confesión. Externa
la de él e interna la de ella.
En el más breve y más apasionante de los
relatos, "De noche soy tu caballo", la escritora
sintetiza en cinco páginas la intensa entrega de
que es capaz una mujer enamorada. Que el lector no se
apresure a conclusiones fáciles; el cuanto no es
rosado, es rojo como la pasión de "la chiquita"
y negro como el momento que vive y sus consecuencias.
Depende de la óptica con que se lea el último
relato, "Cambio de armas", el mismo que le da
título al libro, éste puede ser interpretado
de diversas maneras. No importa si es la táctica
la que cambió o el arma la que cambió de
manos. Es espeluznante verificar cuánto se parece
esta historia a la realidad que, palabras más,
hechos menos, se dio en Argentina.
Este no es un libro con heroínas ideales y etéreas
sino con protagonistas femeninas creíbles que aman
y se rebelan, que luchan y se someten. Luisa Valenzuela
aporta los detalles necesarios para hacer reales a las
protagonistas y atractivas sus historias.
Victoria Verlichak
Uno más uno, México, 14 de mayo de 1983
FRAGMENTOS:
Cambio de Armas
I
Hay cantidad de páginas escritas, una historia
que nunca puede ser narrada por demasiado real, asfixiante.
Agobiadora. Leo y releo estas páginas sueltas y
a veces el azar reconstruye el orden. Me topo con múltiples
principios. Los estudio, descarto y recupero y trato de
ubicarlos en el sitio adecuado en un furioso intento de
rearmar el rompecabezas. De estampar en alguna parte la
memoria congelada de los hechos para que esta cadena de
acontecimientos no se olvide ni repita. Quiero a toda
costa reconstruir la historia ¿de quién,
de quiénes? De seres que ya no son más ellos
mismos, que han pasado a otras instancias de sus vidas.
Momentos de realidad que de alguna forma yo también
he vivido y por eso mismo también a mí me
asfixian, ahogada como me encuentro ahora en esta mar
de papeles y de falsas identificaciones. Hermanada sobre
todo con el tío Ramón, que no existe.
Uno de los tantos principios -¿en falso?- dice
así:
Señoras y señores, he aquí una historia
que no llega a ser historia, es pelea por los cuatro costados
y se derrama con uñas y dientes. Yo soy Bella,
soy ella, alguien que ni cara tiene porque ¿qué
puede saber una del propio rostro? Un vistazo fugaz ante
el espejo, un mirarse y des-reconocerse, un tratar de
navegar todas las aguas en busca de una misma cosa que
no significa en absoluto encontrarse en los reflejos.
Los naufragios. El preguntarse a cada pasito la estúpida
pregunta de siempre ¿dónde estamos? Dónde
mejor dicho estaremos consolidando nuestra humilde intersección
de tiempo y espacio que en definitiva es lo poco o lo
mucho que tenemos, lo que constituye nuestra presencia
en ésta. Esta vida, se entiende, este transcurrir
que nos conmueve y moviliza.
El constante cambio para saberse viva. Y ésta que
soy en tercera instancia se (me) sobreimprime a la crónica
con una protagonista que tiene por nombre Bella (pronúnciese
Bel/la) y tiene además una narradora anónima
que por momentos se identifica con la protagonista y con
quien yo, a mi vez, me identifico.
Hay un punto donde los caminos se cruzan y una pasa a
ser personaje de ficción o todo lo contrario, el
personaje de ficción anida en nosotros y mucho
de lo que expresamos o actuamos forma parte de la estructura
narrativa, de un texto que vamos escribiendo con el cuerpo
como una invitación. Por una invitación,
que llega.
Bella la aguerrida y bastante bella aunque muchas veces
aclaró Bel/la, sobrina nieta de Lugosi. Bella la
sólida, la enterita en apariencias, en su casa
esperando sin saber muy bien qué, quizá
algún viejo y olvidado retorno, algún afecto
perdido en el camino, quizá. Bella la actriz representando
su propio papel de espera. Limándose las uñas.
Limándose las uñas cuando sonó el
timbre y Bella de un salto se abalanzó a la puerta
y se sintió defraudada al encontrarse cara a cara
con un simple mensajero. De tanto andar distraída
por ciertos andurriales de la mente no pudo darse cuenta
de que en realidad se trataba de lo otro, de un Mensajero
con mayúscula, de esos que rara vez se apersonan
en la vida.
Los Mensajeros suelen usar los más inusitados disfraces
y éste vestía el simple uniforme gris de
un mensajero, no podría haberse caracterizado de
manera más despistadora.
Y fue de este mensajero en apariencia anodina que Bella
recibió en propia mano la entonces aparentemente
anodina invitación: un sobre con escudo dorado
en la solapa conteniendo cordial convite a una recepción
en su embajada favorita para saludar al nuevo embajador.
-No sé si favorita la embajada, favorito ese país
tan lleno de misterios. Y parece que la embajada también
llena de misterios bajo el más prosaico nombre
de asilados políticos. Ojalá sea cierto
-le explicó Bella a su espejo en una de esas grandes
representaciones que solí ofrecerse a sí
misma, quizá para ensayar o quizá para verse
por una vez libre de público.
Bella es alguien que le habla al espejo porque la otra
alternativa sería mirarse, y mirarse exige muchas
concesiones.
Mejor espejo amigo con el cual se dialoga que espejo amante
sólo para encontrarse.
Y con renovados bríos Bella completó la
limada de uñas que había sido interrumpida
por el timbre. Y si alguien más adelante insinuara
la sospecha de que se las había estado afilando,
Bella sabría responderle:
-Nada de afilarme nada. O al menos por fuera. Yo me afilo
por dentro, me relamo, me esponjo las plumas interiores
(a veces). Por fuera sólo soy la que soy con ligeras
variantes y con las menores asperezas posibles. No tengo
por qué afilarme de manera alguna. He dicho.
II
Ha dicho, dijo y dirá, claro, pero tuvo que contradecirse
y negarse a sí misma muchas veces y volverse a
aceptar y negarse de nuevo y de nuevo contradecirse, desdecirse,
hasta poder recuperar el tiempo lineal en el cual los
recuerdos y las interferencias no se circunvalan, no se
espiralan alrededor de una hasta hacer del tiempo sólo
un gran ahogo.
Tiempo lineal del conectarse con el mundo, del aquí
y ahora prácticos que la llevaban por las calles
para cumplir menesteres tales como pagar las cuentas -del
teléfono, del gas o de la luz, se entiende, nada
de pagar las otras cuentas que pertenecen a los tiempos
envolventes-. Abstractas cuentas impagables que configuran
la culpa.
Entonces ya prolija, todo en orden, con la correspondencia
al día, las cartas sobre la mesa, las expectativas
y las esperas olvidadas. Lista para encaminarse hacia
otros mundos a la hora crepuscular del viernes. Preparada
para ir a la fiesta, dueña ya de sus actos -el
primero y el segundo acto, al menos-. Actriz después
de todo ¿no? Sólo una actriz, nada más
y apenas alguien que simula un poco de sufrimiento y sufre.
Alguien que puede olvidar el sufrimiento cuando se dispone
a ir a una fiesta.
Delicadamente vestida de asombro con superpuestas prendas
de colores vivos y toda la parafernalia necesaria para
que no la confundan con aquellas que se disfrazan de cóctel
para ir a un ídem -señoras bienintencionadas
que pululan por estas latitudes-. Porque señora
no es justamente el vocablo para definirla: Bella sobrenada
en medio de su treintena pero con tan gracioso movimiento
de brazo que parece una muchacha. Y habría que
tener en cuenta su leonina cabellera y sus ojos que, bueno,
los rasgos de Bella se irán delineando con el correr
de las admiraciones. De todos modos, ni tan bella como
indicaría su nombre ni tan ¿sofisticada?
Aunque a veces algo de eso hay, sobre todo cuando juega
su papel o simplemente cuando opta por mostrarse:
-Mi papel es estar viva.
Despierta, alerta Bella con los ojos de miel desmesuradamente
abiertos -señal de que pocas son las cosas que
escapan a su vista- ojos ayudados por el kohol, centelleantes.
Se pintó con esmero para ir a la fiesta, salió
de su casa en puntas de pie para no pisar en falso, no
se dijo ¡cuidado! al cruzar el camión que
llevaba escrito en la retaguardia La mujer es como el
indio, se pinta cuando quiere guerra.
Premonitoria advertencia. A la que Bella prestó
muy grandes ojos pero muy poco oído. Y eso que
sabía, que bien consciente estaba de la diferencia
entre no hacerle caso al qué dirán y desoír
porque sí lo que le andan diciendo. Desoír
sobre todo las señales emitidas por aquellos Mensajeros
que no tienen voz propia. Camiones, verbigracia. Mensajeros
que suelen señalar como al descuido el momento
de entrar en el mal paso.
Aquella nochecita de viernes con la primera estrella,
Bella, pobre, andaba distraída y predispuesta,
y con la invitación como salvoconducto atravesó
la barricada de guardianes armados que rodeaba y protegía
(¿) la residencia del embajador. Alguna metralleta
la apuntó como al descuido, dándole pasto
para reflexiones ácidas. Todo mientras atravesaba
el jardín del frente hasta la entrada de la mansión
donde el flamante embajador la esperaba con la mano extendida.
Joven, el hombre, para sorpresa de Bella, y completito
con su barba cuidada y su señora a babor.
Fue un saludo protocolar y breve como corresponde y Bella
se vio libre para atravesar salones hasta alcanzar, más
allá de entorchados y de escotes fulgurosos, el
jardín del fondo donde como era previsible se encontró
con un grupo de amigos. Estaba Celia que no podía
faltar en su calidad de periodista política, estaba
Aldo, gloria de la plástica nacional y claro también
estaba Mara que no le perdía pisada a Aldo. Estaban
otros, algunos faltaban. Hola, se dijeron alegrándose
de verse. Volver a verse era un alivio, en esas circunstancias,
y también se dijeron, La situación está
peor que nunca, aparecieron otros quince cadáveres
flotando en el río, redoblaron las persecuciones.
Y alguien le sopló al oído: Navoni pasó
a la clandestinidad. Olvidáte de su nombre, borrálo
de tu libreta de direcciones.
Y a mí qué me contás, hubiera querido
preguntar Bella, qué tengo que ver yo con la política,
estamos en un fiesta, vos siempre tan tremendista, queriendo
acaparar la atención, jugando a la Rosa Luxemburgo.
Pero los mozos que a cada rato le llenaban el vaso y la
colmaban de bocaditos la volvieron condescendiente.
Y no sólo a Bella, a juzgar por la alegre aprobación
con la que el resto de los invitados aceptaron la sorpresa:
el Gran Escritor, la figura preclara de las letras locales,
leería con bombos y platillo perdón, con
acompañamiento de guitarras -su épica obra
cumbre.
Bella fue la única en reaccionar. Je me les pique!
proclamó echando mano a un francés muy personal
en honor de los usos diplomáticos.
-Ya no aguantás que nadie te haga sombra -parece
haberle retrucado un amigo puesto allí por el destino
para impulsar esta historia. Y después hay quienes
dicen que debió haberse ido para no entorpecer
su preclara carrera. La del embajador, naturalmente.
El escritor ya estaba subiendo al podio improvisado, ya
desplegaba sus austeros papeles y componía su mejor
cara de angustia metafísica. Por encima y por debajo
de la fiesta se percibía el murmullo de los pasos
de tantos asilados políticos, su ansiedad por participar
de los festejos, sus ganas de asomarse una vez más
al mundo, ignorantes como estaban del martirio: el escritor
ya abre la boca, comienza la balada. Acompañada,
desde lejos, por el ulular de sirenas de los patrulleros
policiales.
Bella estaba atenta a esos sonidos inaudibles mientras
buscaba un sillón bien alejado para aposentar la
parte más ponde-rada de su ponderada humanidad.
Lo encontró, frente a una pared con espléndido
tapiz de Aubusson ideal para reclinar la cabeza y disponerse
a honrar la cantata o lo que fuera con un plácido
sueñito.
¿Con sueños dentro del sueño, con
ensoñaciones en las que imágenes del amor
podían ser intercambiadas por imágenes del
miedo? Quizá ni ella misma lo sabía, aún
no se habían amalgama-do las sustancias: miedo
y amor, sentimientos inconfesables, difíciles en
este caso de asimilar por separado.
No que Bella desconociera la palabra miedo, o que el miedo
lograra paralizarla, pero la palabra amor bien que la
conocía, bien que habían andado por ahí
aplicándola a destajo. Y la palabra amor le daba
miedo.
Un sueñito, apoyada majestuosamente contra el Aubus-son,
del que no la arrancó ni la estertórea voz
del escritor propalan-do su oda ni las guitarras que cada
tanto enloquecían por cuenta propia. En cambio
lo que sí logró despertarla, hasta hacerle
pegar un respingo en su mullido sillón, fue algo
mucho más inefable, como una oleada de calor que
escalonadamente le trepaba las costillas, se le metía
por la boca y así no más le emergía
entre las piernas, obligándola a separarlas. Tanta
bocanada de ardor persistente después del respingo
le hizo abrir un ojo atento, dulce, que de golpe se topó
con el cuidadoso ojo del embajador que desde la otra punta
de la penunbra pero en su misma hilera de sillas, quizá,
quién sabe, tal vez, probablemente la estaba acariciando.
Los aplausos cortaron ese puente tendido de miradas, la
marea de gente poniéndose de pie para saludar al
Maestro y procurarse un trago los separó del todo,
y transcurrió un buen tiempo antes de que el embajador
lograra bogar copa en mano hasta Bella.
-Usted es actriz o algo parecido.
-O algo parecido.
-Un bello reflejo -y apenas le pasó dos dedos por
el mentón, como al descuido. Bella quedó
con la sonrisa incorporada, un poquito flotando, y cuando
alguien se acercó para hacérselo notar le
echó toda la culpa al trago.
¿En qué instante se inflan las velas y el
derrotero queda ya establecido, desviado para siempre
de la ruta segura? ¿Bastarán sólo
dos dedos, tiernamente la yema de dos dedos sobre un mentón
incauto? ¿Habrá habido otro aviso, otro
llamado?
Al rato sonó la hora de batirse en retirada de
la fiesta, atravesar la barrera de guardianes y lanzarse
a la azarosa aventura de la noche. Los ánimos andaban
achispados gracias a las libaciones, el escritor ya se
había retirado después de innumerables reverencias,
los demás se iban despidiendo poco a poco, los
entorchados reclamaban sus custodios, las damas empilchadas
se aferraban a unos brazos seguros, el embajador empezaba
a sospechar que la noche podría estar empezando.
Entonces retuvo con un amable gesto al grupito de Bella
que ¡oh casualidad! La incluía a Bella y
los instó a quedarse: un traguito más, un
poco de charla amena para empezar a conocerse.
Celia fue la única que no quiso quedarse, a pesar
de lo mucho que podían interesarle los contactos
con ese embajador y con esa embajada. Compromisos secretos
la reclamaban. Pero los otros amigos aceptaron encantados
y la charla fue amena, libre ya de protocolos y tensiones,
y por fin el embajador pudo reír como no recordaba
haber reído desde que sus transitados pies hollaran
esas tierras. Reía sacudiendo la cabeza mientras
su señora esposa intentaba reacomodarle el pelo.
El embajador reía cada vez más, sacudía
la cabeza, clamaba:
-Déjame despeinarme, mujer. Por una vez quiero
sen-tirme despeinado, despierto, desquiciado, libre.
Y estiraba una fuentecita de dulces hacia la lánguida,
ávida mano de Bella. Y Bella los aceptaba como
si no supiera en honor de quién la despeinada ni
por qué motivo dulces.
Pero después, con el nivel de alcohol en grado
óptimo, improvisó aquel Memorable Monólogo
de la Melena Mora que habría de franquearle las
puertas del infierno:
-Malditos malhadados misántropos, marranos merce-narios,
malparidos mirones no merecen mesarse sin melindres la
melena. Porque las mieles manan de melenas morenas y mági-cos
manoseos mitigan mordeduras de monstruos macrocéfalos.
¡Meritorias melenas, maravillas! Minerva me mueve
a ad/mirarlas -etcétera, etcétera, que nadie
pudo reconstruir en su totalidad a pesar de haber sido
rubricado con aplausos mucho más entu-siastas que
los que en su momento cosechara la epopeya del Maestro.
Y muy tiernas piecesitas fueron ensamblándose esa
no-che hasta el punto que Mara aprovechó la ráfaga
amistosa para proponer una reunión en su propio
hogar. Ese algo que flotaba en el ambiente Mara quiso
uncirlo a su carro y atrapar al esquivo, a Aldo Hueso-Duro-de-Pelar
Juárez.
La reunión quedó concertada para la próxima
semana.
Tienen que venir todos, toditos todos. Prepararé
sucu-lentos manjares locales para halagar el gusto de
nuestros diplo-máticos invitados de honor. Platos
bien condimentados. Estimulantes en más de un sentido.
Con esta advertencia quiso Mara franquearle al Esquivo
el camino a su cama pero sólo logró armar
una trampa en la que caerían otros seres totalmente
inocentes. Inocentes al menos de las manipulaciones máricas.
Inocente, inocente ¿quién está de
verdad libre de culpa? ¿Quién tira la primera
piedra?
Cambio de armas
|