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"Ciudad Ajena": Los heréticos



Después de leer los trece cuentos de Los Heréticos de Luisa Valenzuela, me tienta el afán de decirle a su joven autora: -Por favor, no toque su estilo. Es de una acuidad excepcional. Semejante a una pelota nueva de goma, pica, salta y rebota con tanta vivacidad que da gusto verlo actuar en los temas más diversos. Por lo pronto, una virtud que señalo en sus relatos; relatos de extraña y surtida peripecia, de alucinada heterodoxia en la claridad y amancebada fruición en el desconcierto. Prosigo así. Los lectores están hartos de estilos de pelota pinchada, que apenas se elevan de los renglones. Por eso insisto en pedirle que cuide el suyo, mimándolo como a un niño enfermo. En la paradoja de su fragilidad reposa lo que hará perdurable su vigencia.
Hillaire Bellocq ha hablado de las grandes herejías en su libro famoso. Dejémoslas en él. Las que interesan aquí son las que aluden en privado a orondos monseñores, “que no hicieron en la vida/ más que cruces en el aire”, y a otros fulanos de circunspecta hipocresía. Puesto que son las pequeñas, las sabrosas herejías de la pasión y el sexo, las que flagelan su intimidad igual que a todos los seres.
Pasma, impresiona la comunión de Luisa Valenzuela con el demonio en el trato sutil o tosco de tantos fieles infieles, obnubilados y emputecidos. Pocas veces he visto, abordados tan flexuosamente como en sus cuentos, los escarnios y taimerías del deseo y el pecado. Me gusta el tono que emplea en el trato moral de sus heresiarcas. Nada de convicta et combusta. Lo teologal sucumbe en lo humano. Vale decir que se cisca de todas las contriciones y puniciones que pretenden adoctrinar la inmoralidad congénita del hombre.
Alarma admirativamente la madurez precoz de esta escritora, que afronta y dice las cosas más arduas con igual acierto. Metáforas absolutas, epítetos lógicos, logrados burla burlando, como al desgaire, proclaman una permanente vigilia escrutadora, que es casi una alucinación de ojos abiertos. Reconozco por ello que sus relatos encaran la vida y sus facetas desde una posición individual intrínseca no copiada ni robada a nadie.
Es de desear entonces que Luisa Valenzuela se mantenga en esos ángulos imprevisibles, para amasar con ojos zahoríes la pulpa ingenua y la pudrición educada. Para edificar las tensiones del absurdo y la emoción. En fin, para ser audaz de la manera que exige la época: siendo inquebrantablemente personal hasta llegar al summum verlainiano de mirar sin asco su propio corazón”.


Juan Filloy. L’ Amgigu.

FRAGMENTOS: Los heréticos

Ciudad ajena

Si quieren llámenlo intuición femenina, o locura, o como quieran llamarlo, porque lo que es yo ni lo pienso calificar y son ustedes los que necesitan una etiqueta para cada cosa. Aquí y ahora no tengo por qué darle un nombre a nada, y menos aún tratar de explicarlo; tan sólo quiero ir tragando el miedo a grandes bocanadas mientras espero que él vuelva.
Todo empezó hace un mes, quizás, aunque a mí ya me parece que nunca ha empezado. Fue por culpa de la intuición femenina o como se hayan decidido a llamarlo los que viven del mal lado de las cosas y sólo conocen las realidades más palpables. Yo, por lo pronto, siempre tuve un mundo propio lleno de emociones y nunca me he fiado de las palabras, menos aún de su significado. Pero cuando lo escuché cantar me dije: tiene una voz como para resucitar a los muertos, y en eso las palabras no me la jugaron sucia y pude saber después que no me había equivocado. Mi mundo nada tiene que ver con la fantasía, ni siquiera con la ciencia ficción: está hecho de pequeñas cosas que los dioses tiene a bien ofrecerme cuando las merezco y que yo sé identificar entre millones de otras casi idénticas. Las piedras, por ejemplo. Sé que las piedras son mis amigas. Un día que estuve especialmente lúcida encontré un canto rodado en forma de gallina; al poco tiempo apareció otro que parecía una fabulosa mujer con un solo pecho y el ombligo que le atravesaba el cuerpo. Cosas muy menores, claro, comparadas con mi ciudad. Primero la encontré en sueños, después la fui a buscar justo donde la había soñado, del otro lado de los Andes y a pico sobre el Pacífico. Es una ciudad de ojivas y duras fortalezas moradas que la montaña, pensé por un tiempo, había fabricado para mí.
Tiene una voz como para resucitar a los muertos, me repetía mientras lo escuchaba cantar. Era ya bastante premonitorio que para llegar hasta él hubiera que bajar tantos escalones, y como la palabra casualidad no existe, la primera vez bajé impulsada por algún oscuro designio, el mismo que me había llevado hasta ese barrio de estibadores y de solapadas prostitutas.
Me molestó haberlo encontrado, saber de su existencia, poder desenmascararlo. Era la voz de otra raza que se arrancaba de sus tripas al tercer vaso de aguardiente y sólo yo lo sabía, aunque los demás que parecían tan pálidos y fantasmales al lado de su negra piel animal también intuían algo y escuchaban en un silencio que era de comunión. Volví dos, tres veces, justo al quinto toque de las doce cuando él empezaba a cantar. Llegaba para asistir al repetido rito de los parroquianos que dejaban los dados y las cartas y hasta se enjugaban los labios para no tomar más mientras él estuviera cantando. Y al tercer día decidí: voy a llevarlo a mi ciudad que cuelga sobre el mar; su voz puede hacer resucitar a los muertos y mi ciudad está llena de espíritus que bailan a mi alrededor y tratan de decirme cosas cada vez que llego hasta allí atravesando las montañas.
Sólo él era capaz de materializar a mis muertos para que yo pudiera descifrar ese pedazo de naturaleza que ayudada por el viento una vez trató de imitar la obra de los hombres. Los que murieron allí tenían que conocer ya el misterio que cuelga de los picos más altos y que nunca me ha dejado dormir en esas noches solitarias entre las rocas. Año tras año, todos los veranos, casi con devoción, dejaba atrás los volcanes para tratar de develar el secreto de mi ciudad, y en aquel momento, sentada a la mesa del rincón escuchándolo cantar, me di cuenta de que no podía hacer nada sin su ayuda y decidí llevarlo.
Pensé que la luz del día no tenía por qué borrar su existencia y volví a la mañana siguiente al boliche para preguntarle al mozo dónde podría encontrarlo. Pero él estaba allí, en la misma posición que la noche anterior. Sólo había cambiado la expresión de su cara y por el piso rodaba su botella vacía. Bajé la escalera con parsimonia, acerqué una silla a su mesa y empecé a explicar. Hablé durante una hora y no logré arrancarle ni siquiera un gesto.
Usted es el único que puede ayudarme, le dije como despedida. Me voy dentro de quince días. Véngase conmigo...
Tanta imploración de mi parte y él ni levantó la vista, así que me alejé arrastrando los pies y como vencida. Hasta que subí las escaleras y salí a la calle y por fin pensé que quizá no entendiera las palabras cotidianas y que sólo debía ser permeable a alguna oscura señal cabalística. Volví corriendo para ver si todavía se podía hacer algo, y al empujar la puerta vaivén él levantó la vista y sus ojos me mostraron un instantáneo brillo de comprensión que alcanzó para alimentar mi tenacidad. Noche tras noche llegué justo a la hora en que empezaba a cantar. Poco a poco fui abandonando mi rincón hasta ganar la triste claridad que lo rodeaba, pero él parecía no reconocerme.
La noche antes de la partida decidí jugar la última carta. Me senté a la mesa que enfrentaba la suya, dejé mi mochila sobre el piso y esperé. Estaba como dormido y sus ojos brillaron sólo cuando empezó a cantar.
Necesito que reviva a mis muertos para saber, me repetía para darme fuerzas. Por fin decidí sacar de mi bolsillo los boletos para Copahue, primera etapa del viaje. Eran dos y traté de ponerlos justo bajo sus ojos. En ese momento agachó la cabeza y al verlos dejó de cantar dejó de cantar, súbitamente. El silencio rompió la calma. Los parroquianos recuperaron sus sistemas nerviosos y me descubrieron, con sorpresa, y uno de ellos arrimó su silla a la mía y trató de abrazarme. Yo sólo lo miraba a él y noté que sus músculos se iban poniendo tensos hasta que su brazo se distendió como un resorte para golpear la mandíbula del tipo a mi lado que cayó arrastrando la silla. Y antes de que los demás pudieran empezar a asombrarse tomó los boletos y la mochila con una mano mientras con la otra me empujaba a través del salón y escaleras arriba.
En el maldito hotel del Bajo descubrí que su cuerpo tenía la exacta forma que yo deseaba, pero él no quiso saber nada del mío ni de mi agradecimiento. A la mañana siguiente empezó el destartalado viaje por caminos de polvo y pampa, primero, por caminos de montaña después, días y noches con sus interminables paradas. Viajó mudo y erguido, sin ver nada, sin quejarse ni asombrarse. Le falta aguardiente, descubrí. Voy a tener que comprarle unas cuantas botellas para que pueda cantar con toda el alma cuando lleguemos a mi ciudad.
En el preciso instante en que se diluían las horas llegamos a Copahue, el valle de los volcanes con chorros de agua hirviendo que surgen del fondo de la tierra para que la montaña se convierta en el infierno. Llegamos al olor a azufre y a las nieves eternas.
Ya era una costumbre en los hoteles: los dos en la misma cama tratando de no tocarnos. Pero esa noche el termómetro marcaba bajo cero y él empezó a temblar debajo de las mantas. No iba a dejarlo sufrir, ahora que lo tenía, y casi sin pensarlo traté de pasarle un poco de mi propio calor. De golpe sus brazos revivieron, revivió cada célula de su cuerpo y no tuve más que dejarme estar para que los ritos se cumplieran.
Me desperté ya entrada la mañana y quise sentirlo cerca. Estiré la mano sobre las sábanas pero mi mano corrió sin encontrarlo y supe que me había abandonado para siempre. Rotos los designios y las claves por faltar a la pureza, por atender al deseo, justo cuando estábamos tan cerca de mi ciudad. Me vestí como pude y salí corriendo sin hacerle caso al viento que insistía en empujarme y hacerme caer, sin hacerle caso a los diminutos volcanes que nacían a mi paso y me quemaban los pies. A medida que corría me iba olvidando de él, de sus brazos, de su cuerpo negro. Mis muertos, gritaba, estoy perdiendo a mis muertos.
Creí que no iba a encontrarlo más, que se había esfumado con mi aliento, pero por fin apareció frente a la laguna de barro hirviendo: estaba mirando las burbujas gigantes que crecían y reventaban en borbotones ensordecedores. Tiritaba de frío y parecía alucinado.
Lo agarré de la mano como aun chico y lo llevé del otro lado del valle, donde estaba el mercado de los indios. Le compré un poncho bien grueso y empecé a reír al verlo tan solemne y acriollado; él también sonrió y de golpe tuvo esa expresión suave como cuando cantaba. Compramos todas las provisiones, contratamos los caballos para la madrugada siguiente y corrimos de un lado al otro siempre de la mano arreglando los pormenores de la gran aventura. No me olvidé del aguardiente, y cuando tuve que pagar vi que me estaba quedando sin plata para la vuelta, aunque la vuelta era lo que menos importaba.
Con los primeros rayos de sol nos alejamos de las casas de piedra y de las barrosas lagunas enrojecidas. Había que dejarse estar por ese camino de montañas estériles, por los desfiladeros colgando sobre el precipicio, por los troncos angostos que cruzan los torrentes. Sólo el caballo conoce el secreto para no desbarrancarse y hay que dejarlo ir sin un solo tirón de riendas. Las largas horas de marcha se aliviaron en Chanchocó, el pueblito chileno de chozas chatas e indios silenciosos. Pero no podíamos quedarnos a descansar en ese mediodía de miradas hoscas, sólo el tiempo para comer algún bocado caliente, para cambiar de monta y otra vez andando por las montañas hacia mi ciudad, a revivir a mis muertos.
El cansancio no se siente en las alturas donde todo es cansancio y apalstamiento, pero él tenía un frío quemante y desconocido que lo hacía tiritar bajo el poncho. Empezaba a arrepentirme de haber traído a este ser acostumbrado al calor y a la inercia pero la idea de saber que pronto el misterio de mi ciudad me sería develado me volvió cruel y seguí andando sin mirarlo, alcanzándole tan sólo la botella para que bebiera. Después de un trago muy largo pareció reanimarse y pudimos llegar hasta el gran corral de roca donde yo siempre largaba los caballos. Trepamos a pie por la montaña abrupta. El intuyó que ya estábamos cerca porque empezó a cantar en voz baja, jadeante, hasta que por fin aparecieron las cuevas y murallas de vivos colores ocres que formaban mi ciudad colgada sobre el mar. Me ganó la misma extraña paz de siempre y me senté junto a él en el parapeto a pique sobre el abismo, de espaldas a las aguas que se desgarraban abajo. Tuve que contenerme para no correr por entre los laberintos y me quedé muy quieta mientras él contemplaba mi ciudad como queriendo penetrarla.
Su voz surgió de golpe, vibrando entre las rocas. Cantaba como nunca había cantado antes, poniendo todo lo que tenía y acompañado por la percusión de la montaña. Mientras el sol se ocultaba, su canto subía y crecía invadiendo el fondo negro de las cuevas, y yo luchaba para no escuchar su voz sino el mensaje que me vendría de mis muertos. Su canto entraba por los túneles y se arremolinaba y volvía diferente en el eco. Y de golpe la vi justo donde debía estar el remolino: era una claridad fantasmal que parecía surgir de la tierra como un vapor blanco y oscilante. En esa claridad se iba a develar el misterio, sin duda, y contuve la respiración para no ahuyentarla.
No quise ni siquiera dar vuelta la cabeza para mirarlo a él pero como su canto habría de traerme la verdad rogué que no se callara. Siguió cantando más fuerte, más hondo, y la claridad empezó a tomar muchas formas que se arrancaron de las sombras para ir ganando la luz violácea del atardecer. Surgieron nebulosas para irse armando poco a poco, hasta que mi expectativa se convirtió en espanto y quise gritar y no pude y quise retroceder pero no fui capaz de moverme. Ellos estaban allí, delante de mí, acercándose. Esperaba sus espíritus y eran sus cuerpos los que se me aparecían, huesos con pedazos de piel colgando y una siniestra sonrisa sin labios.
-¡Cállese!- grité cuando pude recuperar la voz, pero él no pareció oírme y siguió cantando mientras los muertos se me acercaban, implacables, balanceándose al ritmo distorsionado de su canto.
-¡Cállese! ¡Cállese!
En la desesperación me tapé los ojos, pero nada podía contenerlos y sus imágenes se colaban por entre mis dedos mientras ellos avanzaban. Sólo él podía hacerlos desaparecer dejando de cantar, pero parecía querer seguir cantando eternamente. No me quedaba otro remedio, y me resultó demasiado fácil. Un único empujón me bastó para hacerlo callar también eternamente. Las piedras que lo sostenían se soltaron y sin un grito lo vi precipitarse al abismo; en ese momento sólo supe que los cadáveres se habían apagado con la última nota de su canto. La viscosa sensación de terror y de asco que me dejaron tardó mucho en abandonarme pero después fue peor porque me di cuenta de lo sola que estaba en la noche y en el mundo y empecé a sentir en mí el dolor que antes fue de él, el desgarramiento de su cuerpo oscuro. Ese cuerpo que alguna vez podrá remontarse si alguien como él, con una voz capaz de resucitar a los muertos, llegara hasta mi ciudad.
Lo estoy esperando.


El abecedario


El primer día de enero se despertó al alba y ese hecho fortuito determinó que resolviera ser metódico en su vida. En adelante actuaría con todas las reglas del arte. Se ajustaría a todos los códigos. Respetaría, sobre todo, el viejo y buen abecedario que, al fin y al cabo, es la base del entendimiento humano.
Para cumplir con este plan empezó como es natural por la letra A. Por lo tanto la primera semana amó a Ana; almorzó albóndigas, arroz con azafrán, asado a la árabe y ananás. Adqui-rió anís, aguardiente y hasta un poco de alcohol. Solamente anduvo en auto, asistió asiduamente al cine Arizona, leyó la novela Amalia, exclamó ¡ahijuna! y también ¡aleluya! y ¡albri-cias! Ascendió a un árbol, adquirió un antifaz para asaltar un almacén y amaestró una alondra.
Todo iba a pedir de boca. Y de vocabulario. Siempre respetuoso del orden de las letras la segunda semana birló una bicicleta, besó a Beatriz, bebió Borgoña. La tercera cazó cocodri-los, corrió carreras, cortejó a Clara y cerró una cuenta. La cuarta semana se declaró a Desirée, dirigió un diario, dibujó diagramas. La quinta semana engulló empanadas y enfermó del estómago.
Cumplía una experiencia esencial que habría aportado mucho a la humanidad de no ser por el accidente que le impidió llegar a la Z. La decimotercera semana, sin tenerlo previsto, murió de meningitis.